David Copperfield (Charles Dickens) - pág.320
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-¡Oh, cómo me alegro de saberlo! porque me gusta que me corrijan cuando me equivoco -dijo Rose Dartle-. ¿Quizá quiere usted decir que es un poco árido?
-Sí -repliqué-; quizá es un poco árido.
-¡Oh! Y por eso necesita usted reposo, cambio, excitaciones y todo eso; ¿verdad? Pero no es un poco... ¿eh?... para él; no me refiero a usted.
Una rápida mirada que lanzó hacia donde se estaban paseando cogidos del brazo Steerforth y su madre me demostró a quién se refería; pero fue cosa perdida pues no comprendí nada, y estoy seguro de que se me notaba.
-No parece... no digo que sea... pero me gustaría saber... ¿no está muy preocupado? ¿No es más remiso que de costumbre en sus visitas a su madre, que lo quiere ciegamente, eh? -dijo con otra mirada rápida, lanzada a ellos, y una a mí, en la que parecía querer leer el fondo de mis pensamientos.
-Miss Dartle -le respondí-, no crea usted, le ruego...
-¿Yo creer? ¡Oh querido mío! Pero no vaya usted a creer que yo creo algo. No soy suspicaz. Solamente hago una pregunta. No tengo ninguna opinión. Querría formarme una opinión por lo que usted me dijera. Pero, según eso, no es así. ¡Bien! Me alegro mucho de saberlo.
-No; no es cierto -le dije un poco confuso- que sea yo responsable de las ausencias de Steerforth, pues yo mismo no lo sabía. De sus palabras deduzco que ha estado más tiempo que de costumbre sin venir a ver a su madre; pero yo tampoco le había vuelto a ver hasta ayer por la noche desde hacía muchísimo tiempo.
-¿Es cierto?
-Completamente cierto, miss Dartle.
Mientras me miraba de frente la vi palidecer, y la cicatriz de la antigua herida se destacó profundamente sobre el labio desfigurado, prolongándose sobre el otro y bajando oblicuamente hacia la barbilla. Me pareció que había algo verdaderamente temible en aquello y en el brillo de sus ojos, cuando me dijo mirándome con fijeza:
-Entonces ¿qué hace?
Repetí sus palabra más para mí mismo que para ser oído por ella, tanto me sorprendía.
-Entonces ¿qué hace? -repitió con un ardor que parecía consumirla como el fuego- ¿A qué se dedica ese hombre que no me mira nunca sin que lea en sus ojos una falsedad impenetrable? Si usted es honrado y fiel, yo no le pido que traicione a su amigo; solamente le pido que me diga si es la cólera, o el odio, o el orgullo, o la intranquilidad de su naturaleza, o algún extraño capricho, o el amor, lo que lo posee...
-Miss Dartle -respondí-, ¿qué quiere usted que yo le diga, cuando no sé nada más de Steerforth de lo que sabía cuando vine aquí por primera vez? Ni adivino nada. Creo firmemente que no le sucede nada. No comprendo siquiera lo que me quiere usted decir.
Mientras me miraba todavía fijamente, un estremecimiento convulsivo, que yo no podía separar de la idea de sufrimiento, apareció en la cruel cicatriz.
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