David Copperfield (Charles Dickens) - pág.319
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se tratara de cualquier otro ser humano, que me lo agradecía mucho, y que estaba muy bien.
Los empleados destinados a la aristocrática orden de procuradores eran tratados con muchas consideraciones, lo que hacía que tuviéramos la mayor libertad. Pero como no quería llegar a Highgate antes de la una o las dos, y como aquella mañana teníamos una causa en el tribunal, estuve allí un par de horas pasando el tiempo muy agradablemente con míster Spenlow. Era una causa divertida, y mientras me dirigía a Highgate en la imperial de la diligencia fui pensando en el Tribunal de Doctores y en lo que míster Spenlow decía sobre que si se tocaba el Tribunal se acababa la nación.
Mistress Steerforth se alegró mucho de verme, y también Rose Dartle. A mí me sorprendió agradablemente el encontrar que Littimer no estaba allí y que éramos atendidos por una modesta doncella con cintas azules en la cofia, que era mucho más agradable de mirar y mucho menos desconcertante cuando, por casualidad, se encontraba uno sus ojos, que aquel respetable hombre. Pero lo que observé particularmente antes de llevar media hora en la casa fue la constante y atenta mirada que miss Dartle clavaba en mí y la manera con que parecía comparar mi rostro con el de Steerforth y el de Steerforth con el mío, como si esperase pillamos en mentira a alguno de los dos. Siempre que la miraba estaba seguro de encontrar sus ojos ardientes y sombríos con aquella mirada fija y penetrante en mi rostro, para pasar de pronto al de Steerforth, o tratando de mirarnos a los dos a un tiempo. Y lejos de renunciar a aquella vigilancia cuando vio que yo lo había notado, me pareció que, por el contrario, su mirada se hacía más penetrante y su atención más marcada. A pesar de que me sentía inocente de todos los pecados que pudieran suponérseme, no dejaba de huir de aquellos ojos extraños, de los que no podía soportar el brillo ansioso.
Durante todo el día parecía no estar más que ella en toda la casa. Si charlaba con Steerforth en su habitación, oía el ruido del roce de su traje en la galería. Si hacíamos algún ejercicio en el césped de la parte de atrás de la casa veía aparecer su rostro en todas las ventanas sucesivamente, como un fuego fatuo, hasta que elegía una ventana más cómoda para vernos mejor. Una vez, mientras nos paseábamos los cuatro, después de la comida, me cogió del brazo y lo estrechó en su mano delgada como en una tenaza, para acapararme dejando a Steerforth y a su madre pasear unos cuantos pasos más delante; y cuando ya no pudieron oírnos me dijo:
-Ha pasado usted mucho tiempo sin venir aquí. ¿Su profesión es realmente tan atractiva a interesante que absorba tan por completo su atención? Lo pregunto porque siempre me gusta aprender, porque soy muy ignorante. ¿Es realmente así?
Le repliqué que me gustaba bastante; pero que no me ocupaba todo mi tiempo.
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