David Copperfield (Charles Dickens) - pág.318
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Había vuelto a mi habitación y me desnudaba, cuando la carta de míster Micawber se cayó al suelo. Hizo bien, pues la había olvidado. Rompí el sello y leí lo que sigue. La carta estaba fechada hora y media antes de la comida. No sé si he dicho que siempre que míster Micawber se encontraba en una situación desesperada empleaba una especie de fraseología legal, que parecía considerar como una manera de liquidar sus asuntos.
«Caballero... pues no me atrevo a decir mi querido Copperfield:
Es necesario que sepa usted que el firmante es un hombre ahogado. Quizá usted podrá observar hoy que haga débiles esfuerzos para evitarle un descubrimiento prematuro de su desgraciada posición; pero toda esperanza se ha desvanecido del horizonte y el firmante está hundido.
La presente comunicación está escrita en presencia (no puedo decir en compañía) de un individuo sumido en un estado cercano a la borrachera y que es dependiente de un prestamista. Este individuo está en posesión de estos lugares por no haber pagado el alquiler. El inventario que ha hecho comprende no solamente todas las propiedades personales de todo género pertenecientes al firmante, inquilino por años de esta morada, sino también todos los efectos y propiedades de míster Thomas Traddles, huésped y miembro de la honorable Sociedad de Inner Temple.
Si una sola gota de amargura podía faltar a la copa, ya desbordante, que se ofrece ahora (como dice un escritor inmortal) a los labios del firmante se encontraría en el hecho doloroso de que un pagaré garantizado en favor del firmante, por el antes mencionado míster Thomas Traddles, por la suma de veintitrés libras, cuatro chelines y nueve peniques y medio ha cumplido y no ha sido pagada. También se encontraría en el hecho igualmente doloroso de que las responsabilidades vivas que pesan sobre el firmante serán aumentadas, según el curso de la naturaleza, por una nueva a inocente víctima, cuya llegada será (en números redondos) a la expiración de un período que no excede de seis meses desde la presente fecha.
Después de estos detalles, será un oprobio que añadir a las cenizas y al polvo que cubren para siempre
la
cabeza
de
WILKINS MICAWBER.»
¡Pobre Traddles! Por entonces conocía lo bastante a míster Micawber para estar seguro de que se levantaría de aquel golpe; pero aquella noche turbó mi tranquilidad el recuerdo de Traddles y de la hija del pastor de Devonshire, con diez hermanos y ¡tan buena chica!, como decía Traddles, y dispuesta a esperarle (elogio funesto) aunque fueran sesenta años, o más, si hacía falta.
CAPÍULO IX
VEO DE NUEVO A STEERFORTH EN SU CASA
Aquella mañana le dije a míster Spenlow que quería permiso para ausentarme por poco tiempo; y como no recibía sueldo ninguno, y, por lo tanto, no tenía nada que temer del implacable Jorkins, no hubo dificultad para ello. Aproveché la oportunidad, aunque la voz se me ahogaba y se me nublaba la vista, para decir que esperaba que miss Spenlow estuviera bien; a lo que me contestó, sin más emoción que si.
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