David Copperfield (Charles Dickens) - pág.316
Indice General
|
Volver
Página 316 de 653
En cuanto a lograr adivinar lo que piensa, serías más hábil que todos nosotros, Florecilla, si lo consiguieras.
-Tienes razón -le dije acercando mi silla a la mesa-. Según eso, ¿has estado en Yarmouth, Steerforth? -añadí, en mi impaciencia de saber noticias de nuestros amigos-. Y ¿has estado mucho tiempo?
-No -replicó-; no ha sido más que una escapada de unos ocho días.
-¿Y cómo están todos allí? ¿La pequeña Emily no se ha casado todavía?
-No, todavía no; la boda es dentro de no sé cuántas semanas o meses; no sé bien. No les he visto mucho. A propósito, tengo una carta para ti -añadió depositando su cuchillo y su tenedor, que manejaba con apetito y buscando en sus bolsillos.
-¿De quién?
-De tu vieja niñera -replicó sacando algunos papeles del bolsillo de su chaleco- «J. Steerforth, esq.» No es esto; paciencia, ya lo encontraré. El viejo... no se como se llama... está enfermo. Debe de ser a propósito de eso por lo que te escribe.
-¿Te refieres a Barkis?
-Sí -respondió, buscando siempre en sus bolsillos y examinando lo que había en ellos- Todo ha terminado para el pobre Barkis, me temo. He visto al boticario o lo que sea, no sé, que te trajo al mundo, que me ha dado los mayores detalles; pero, en resumen, su opinión es que el carretero no tardará en hacer su último viaje. Mete la mano en el bolsillo de mi gabán, que está encima de esa silla, a ver si encuentras la carta. ¿Está ahí?
-Aquí está -dije.
-¡Ah! Vale.
La carta era de Peggotty; era corta y algo menos legible que de costumbre. Me contaba el estado desesperado de su marido y aludía a que se había vuelto algo más agarrado que antes, lo que sentía, sobre todo porque no podía darle todos los cuidados que querría. No decía una palabra de sus trabajos ni de sus vigilias; pero no escaseaba los elogios a su marido. Y todo lo decía con una ternura sencilla, honrada y natural, que yo sabía lo sincera que era; y la carta terminaba con estas palabras: «Mis respetos a mi niño querido». Y el niño querido era yo.
Mientras descifraba aquella epístola, Steerforth continuaba comiendo y bebiendo.
-Es una pena -dijo cuando hube terminado-; pero el sol se pone todos los días y mueren seres cada minuto. No hay que atormentarse, por lo tanto, mucho por una cosa que es el lote común de todo el mundo. Si nos detenemos cada vez que oímos dar con el pie en alguna puerta a esa viajera que nunca se detiene, no haríamos mucho ruido en el mundo. ¡No! ¡Adelante! Por los malos caminos si no hay otros, por los buenos si se puede; pero ¡adelante! Saltemos por encima de todos los obstáculos para llegar a la meta.
-¿A qué meta?
-A aquella por la que se ha puesto uno en camino -replicó-, y ¡adelante!
Recuerdo que cuando se interrumpió para mirarme con el vaso en la mano y su hermoso rostro un poco inclinado hacia atrás, observé por primera vez que, aunque estaba tostado y la frescura del viento del mar había animado su tez, sus rasgos llevaban las huellas del ardor apasionado que le era habitual cuando se lanzaba perdidamente en algún nuevo capricho.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
301
302
303
304
305
306
307
308
309
310
311
312
313
314
315
316
317
318
319
320
321
322
323
324
325
326
327
328
329
330
331
332
333
334
335
336
337
338
339
340
341
342
343
344
345
346
347
348
349
350
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-500
501-550
551-600
601-650
651-653
|