David Copperfield (Charles Dickens) - pág.315
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¿Es que te sorprendo en medio de otro festín? ¡Qué sibarita eres! En verdad, voy creyendo que los estudiantes del Tribunal de Doctores son los jóvenes más disipados de Londres; y nos tenéis a distancia a nosotros, jóvenes inocentes de Oxford.
Paseaba alegremente su mirada alrededor de la habitación; fue a sentarse en el diván frente a mí, en el lugar que mistress Micawber acababa de dejar, y se puso a mover el fuego.
-En el primer momento estaba tan sorprendido -le dije dándole la bienvenida con toda la cordialidad de que era capaz-, que no podía ni saludarte, Steerforth.
-Pues bien; mi vista consuela a los ojos enfermos, como decían los escoceses -replicó Steerforth-, y la tuya produce el mismo efecto; ahora que estás en pleno florecimiento, Florecilla, ¿cómo estás, Bacanal mía?
-Muy bien -contesté-; pero nada de bacanal esta noche, aunque confieso que han comido aquí tres personas.
-Acabo de encontrármelos en la calle, elogiándote en voz alta. ¿Quién es el que lleva pantalón ceñido?
En pocas palabras le hice, lo mejor que pude, el retrato de míster Micawber, y reía de todo corazón, declarando que era digno de conocerse, y que no prescindiría de ser presentado a él.
-Pero el otro, el otro, ¿a que no adivinas quién es?
-¡Dios sabrá; pero no yo! ¿Supongo que no será nadie antipático? Me ha parecido que tenía un aspecto muy aburrido.
-¡Traddles! -le dije en tono de triunfo. „
-¿Quién? -preguntó Steerforth con despreocupación.
-¿No te acuerdas de Traddles? Traddles, que se acostaba en el mismo dormitorio que nosotros en Salem House.
-¡Ah! ¿Aquel? -dijo Steerforth dando con las tenazas sobre el carbón-. ¿Y sigue tan simple como antes? ¿De dónde le has desenterrado?
Hice de Traddles un elogio de lo más pomposo, pues me daba cuenta de que Steerforth le desdeñaba. Pero él, dejando a un lado aquel asunto con un movimiento de cabeza y una sonrisa, se limitó a decir que tampoco le disgustaría ver a nuestro antiguo compañero, que había sido siempre muy chusco; y después me preguntó si podía darle algo de comer.
Durante los intervalos de aquel corto diálogo, que sostenía con vivacidad febril, rompía los carbones con las tenazas y parecía contrariado. Observé que continuaba lo mismo mientras yo sacaba del armario los restos de la empanada de ave y alguna que otra cosa del festín.
-¡Pero ha sido una comida regia, Florecilla! -exclamó saliendo de pronto de su ensueño y sentándose al lado de la mesa-. Y voy a hacerle el honor, pues vengo de Yarmouth.
-Creía que estabas en Oxford -repliqué.
-No -dijo Steerforth-; vengo de estar haciendo de marinero, que es mejor.
-Littimer ha venido a preguntar si te había visto, y por sus palabras he creído que estabas en Oxford, aunque, en realidad, no me ha dicho nada.
-Littimer es más loco de lo que yo creía, puesto que se ha tomado la molestia de buscarme -dijo Steerforth vertiéndose alegremente vino en un vaso y bebiendo a mi salud-.
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