David Copperfield (Charles Dickens) - pág.313
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Un momento después, míster Micawber aludió con mucha delicadeza y precauciones al estado de mi corazón. Sólo una afirmación rotunda de lo contrario le forzaría a renunciar a la convicción de que su amigo Copperfield amaba y era amado.
Después de un momento de malestar y de emoción, después de negarlo y de ruborizarme, balbucí, con mi vaso en la mano: « Pues bien, a la salud de D...», lo que encantó y excitó tanto a míster Micawber, que corrió con un vaso de ponche a mi alcoba para que su esposa pudiera beber a la salud de D..., lo que hizo con entusiasmo y gritando con voz aguda: « ¡Bravo, bravo, mi querido Copperfield; estoy encantada, bravo!», y daba golpes en la pared a manera de aplausos.
La conversación tomó después un sesgo más mundano. Míster Micawber nos dijo que Camden Town le parecía muy incómodo y que lo primero que pensaba hacer cuando hubiera conseguido algo con los anuncios era cambiar de casa.
Hablaba de una casa en el extremo occidental de Oxford Street, que daba sobre Hyde Park y en la que tenía puestos los ojos hacía tiempo, pero a la que de momento no podrían ir porque se necesitaba mucho dinero. Era probable que durante cierto tiempo tuvieran que contentarse con el piso alto de una casa encima de alguna tienda respetable, en Picaddilly por ejemplo; la situación sería cómoda para mistress Micawber, y haciendo un balcón o levantando un piso o, en fin, con cualquier arreglo de ese estilo sería posible alojarse allí de una manera cómoda y conveniente durante algunos años, y ocurriera lo que ocurriera y fuera lo que fuera su casa, podíamos contar -añadió- con que siempre habría una habitación para Traddles y un cubierto para mí. Le expresamos nuestro agradecimiento por sus bondades, y él nos pidió que le dispensáramos por haberse lanzado en aquellos detalles económicos. Era un estado de ánimo muy natural y que había que excusar a un hombre en vísperas de entrar en una vida nueva.
Mistress Micawber en aquel momento golpeó de nuevo en la pared para saber si el té estaba preparado, interrumpiendo así nuestra conversación amistosa. Nos sirvió el té de la manera más amable, y siempre que me acercaba a ella para llevarle las tazas o para hacer circular las pastas me preguntaba bajo si D... era rubia o morena, si era alta o baja, o algún detalle de ese género, y me parece que aquello no me disgustaba. Después del té discutimos una enormidad de cuestiones, y mistress Micawber tuvo la bondad de cantarnos, con su fina vocecita (que, recuerdo, antes me parecía de lo más agradable), sus baladas favoritas de El sargento blanco y El pequeño Tafflin. Míster Micawber nos dijo que cuando le había oído cantar El sargento blanco la primera vez que la había visto en casa de su padre, le había atraído ya en el más alto grado; pero que cuando llegó a El pequeño Tafflin se había jurado a sí mismo conquistar a aquella mujer o morir.
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