David Copperfield (Charles Dickens) - pág.312
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-No quiero -prosiguió mistress Micawber terminando su ponche y echándose sobre los hombros el chal, antes de retirarse a mi alcoba para hacer sus preparativos de marcha-, no quiero prolongar estas observaciones sobre los asuntos pecuniarios de Micawber, al lado de su fuego, mi querido Copperfield, y en presencia de míster Traddles, que no es, en verdad, amigo nuestro desde hace tanto tiempo como usted, pero al que ya consideramos como uno de los nuestros; sin embargo, no he podido por menos de ponerles al corriente de la conducta que aconsejo a Micawber. Siento que ha llegado para él el momento de obrar por sí mismo y de reivindicar sus derechos, y me parece que es el mejor medio. Sé que no soy más que una mujer, y el juicio de los hombres es considerado, en general, como más competente en semejantes materias; pero no puedo olvidar que cuando vivía con papá y mamá, papá solía decir: «Emma es delicada, pero su opinión sobre cualquier asunto no es inferior a la de nadie». Papá era demasiado parcial, ya lo sé; pero era un gran observador de los caracteres, y mi deber y mi razón me prohíben dudar de ello.
A estas palabras, mistress Micawber, resistiendo a todos los ruegos, se negó a asistir a la terminación del ponche y se retiró a mi alcoba, y, en realidad, yo pensaba que era una mujer noble, y que debía haber nacido matrona romana, para ejecutar toda clase de actos heroicos en tiempos de revoluciones políticas.
En la impresión del momento felicité a míster Micawber por la posesión de aquel tesoro. Traddles también. Míster Micawber nos tendió la mano a los dos, después se cubrió el rostro con el pañuelo, que al parecer no sabía estuviera tan sucio de tabaco, y volvió a su ponche en el mayor estado de hilaridad.
Estuvo elocuentísimo. Nos dio a entender que en nuestros hijos volvemos a vivir y que bajo el peso de las dificultades pecuniarias todo aumento de familia era doblemente bien venido. Insinuó que mistress Micawber había tenido últimamente algunas dudas sobre aquel punto; pero que él las había disipado tranquilizándola. En cuanto a su familia, todos eran indignos de ella, y lo que pensaran le era completamente indiferente; se podían ir al (cito su propia expresión...) al diablo.
Míster Micawber se lanzó después en un elogio pomposo de Traddles. Dijo que el carácter de Traddles era una reunión de virtudes sólidas a las cuales él (míster Micawber) no podía pretender sin duda, pero que no podía por menos de admirar, gracias a Dios. Hizo una alusión conmovedora a la joven desconocida a quien Traddles había honrado con su afecto y que también honraba y enriquecía a Traddles con el suyo. Después míster Micawber brindó a su salud, y yo también. Traddles nos dio las gracias a los dos con una sencillez y una franqueza que a mí me parecieron encantadoras, diciendo:
-Se lo agradezco mucho, de verdad. ¡Si supieran ustedes lo buena chica que es!
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