David Copperfield (Charles Dickens) - pág.310
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Traddles y yo expresamos con un murmullo que aquella apreciación del carácter de míster Micawber era muy acertada y le hacía el mayor honor.
-No le ocultaré, mi querido míster Copperfield -continuó mistress Micawber-, que desde hace mucho tiempo pienso que el negocio de elaboración de cervezas sería una cosa muy adecuada para Micawber. ¡No hay más que ver Barclay y Perkins, o Truman, Hambury y Buxton! Es una vasta escala en la que Micawber (lo sé porque lo conozco) puede destacarse, y las ganancias, según he oído decir, son enormes. Pero como no hay medio de que Micawber pueda penetrar en esos establecimientos, pues hasta se niegan a contestar a las cartas en que ofrece sus servicios para ocupar los puestos más inferiores, ¿para qué pensar en ello? Yo puedo tener la convicción de que mister Micawber...
-¡Hem! Realmente, querida mía -interrumpió mister Micawber.
-Amor mío, cállate -dijo mistress Micawber poniendo su guante marrón sobre el brazo de su marido-. Yo, mister Copperfield, puedo tener personalmente la convicción de que las aptitudes de Micawber estarían esencialmente adaptadas en una casa de banca; puedo asegurar que si tuviera dinero colocado en cualquier casa de banca, el aspecto de Micawber como representante de la casa me inspiraría absoluta confianza y, por lo tanto, podría contribuir a extender las relaciones de la banca. Pero si todas las casas de banca se niegan a abrir esa carrera al talento de Micawber y desechan con desprecio el ofrecimiento de sus servicios, ¿para que insistir sobre la idea? En cuanto a fundar una casa de banca, puedo decir que hay miembros de mi familia que si quisieran poner su dinero entre las manos de Micawber habrían podido crearle un establecimiento de ese género. Pero si no les da la gana poner ese dinero entre las manos de Micawber, ¿de qué me sirve pensar en ello? Por lo tanto, no hemos adelantado nada.
Yo sacudí la cabeza y dije:
-Ni un ápice.
Traddles también la sacudió y repitió:
-Ni un ápice.
-¿Qué deduzco de todo esto? -continuó mistress Micawber con el mismo tono de estar exponiendo un caso claramente-. ¿Cuál es la conclusión, mister Copperfield, a que he llegado irremisiblemente? No sé si estaré equivocada; pero mi conclusión es que a pesar de todo tenemos que vivir.
-De ninguna manera -respondí-. No está usted equivocada.
Y Traddles repitió:
-De ninguna manera.
Después añadí yo solo, gravemente:
-Hay que vivir o morir.
-Precisamente -contestó mistress Micawber-; eso es precisamente. Y en nuestro caso, mi querido Copperfield, no podemos vivir, a no ser que las circunstancias actuales cambien por completo. Estoy convencida, y se lo he hecho observar muchas veces a Micawber desde hace tiempo, que las cosas no surgen solas. Hasta cierto punto hay que ayudarlas un poco a surgir. Puedo equivocarme, pero esa es mi opinión.
Traddles y yo aplaudimos.
-Muy bien -dijo mistress Micawber-. Ahora, ¿qué es lo que yo aconsejo? Tenemos a Micawber con múltiples facultades y mucho talento...
-Realmente, amor mío -dijo míster Micawber.
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