David Copperfield (Charles Dickens) - pág.309
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Hay que hacer observar que míster Micawber había aceptado su parte del saludo que hizo Littimer, y que lo había recibido con una condescendencia infinita.
-Ahora al ponche, mi querido Copperfield -dijo míster Micawber probándolo-, pues el ponche es como el viento y la marea, que no espera a nadie. ¡Ah! Está precisamente en su punto. Amor mío, ¿quieres darme tu opinión?
Mistress Micawber declaró que estaba excelente.
-Entonces beberé -dijo míster Micawber-, si mi amigo Copperfield quiere permitirme esta libertad, beberé en memoria de los tiempos en que mi amigo Copperfield y yo éramos más jóvenes y en los que luchábamos uno al lado de otro contra el mundo para seguir cada uno nuestro camino. Ahora puedo decir de mí mismo y de mi amigo Copperfield las palabras que hemos cantado tantas veces juntos:
Hemos recorrido los campos buscando el oro
en sentido figurado «en varias ocasiones». No sé exactamente -dijo míster Micawber con su antigua voz engolada y con su antiguo indescriptible aire de decir algo elegante-, lo que ese «oro» podrá ser; pero no me cabe duda de que Copperfield y yo lo habríamos recogido a menudo si hubiera sido posible.
Míster Micawber, al hablar así, bebió un trago. Y todos hicimos lo mismo. Traddles estaba evidentemente sorprendidísimo y se preguntaba en qué época lejana podía míster Micawber haberme tenido de compañero en aquella gran lucha con el mundo en que habíamos combatido uno al lado del otro.
-¡Ah! -dijo míster Micawber aclarándose la garganta y doblemente calentado por el ponche y por el fuego- Querida mía, ¿otro vasito?
Mistress Micawber dijo que sólo quería una gota; pero no quisimos oír hablar de ello, y se le llenó el vaso.
-Como estamos aquí entre nosotros, míster Copperfield -dijo mistress Micawber bebiendo su ponche a traguitos-, y puesto que míster Traddles es de la casa, querría saber su opinión sobre el porvenir de míster Micawber. El comercio de granos -continuó con seriedad- puede ser un comercio distinguido, pero no es productivo. Las comisiones que dan dos chelines y nueve peniques en cuatro días no pueden, por modesta que sea nuestra ambición, ser consideradas como un buen negocio.
Todos estuvimos de acuerdo en que era verdad.
-Por lo tanto -continuó mistress Micawber, que presumía de espíritu positivo y de corregir con su buen sentido la imaginación un poco volandera de su esposo-, me hago esta pregunta: Si con los granos no puede contarse, ¿hacia dónde tirar? ¿Al carbón? Tampoco. Ya pusimos la atención en él, siguiendo el consejo de mi familia, y sólo encontramos decepciones.
Míster Micawber, con las dos manos en los bolsillos, se hundía en su sillón y nos miraba de reojo, moviendo la cabeza como para decir que era imposible exponer más claramente la situación.
-Los artículos trigo y carbón -dijo mistress Micawber con una seriedad de discusión cada vez más acentuada- están, por lo tanto, descontados, míster Copperfield; yo, como es natural, miro a mi alrededor y pienso: ¿Cuál será la situación en que un hombre de las aptitudes de Micawber tendrá más probabilidades de éxito? Excluyo en primer lugar todo lo que sean comisiones; las comisiones no son cosa segura, y estoy convencida de que una cosa segura es lo que mejor conviene al carácter de Micawber.
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