David Copperfield (Charles Dickens) - pág.308
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Traddles se restregó con sus manos grasientas los cabellos, que se erizaron completamente, y miró al mantel, confuso. En cuanto a mí, ya no era más que un bebé en mi propia mesa y apenas me atrevía a lanzar una mirada sobre aquel respetable fenómeno, que llegaba no sabía de dónde para poner mi casa en orden.
Entre tanto, él retiró el cordero de la parrilla y ofreció gravemente a todo el mundo. Se aceptó, pero todos habíamos perdido el apetito, y no hicimos más que fingir que comíamos. Al vernos rechazar nuestros platos, los quitó sin ruido y puso el queso en la mesa. Cuando terminamos, lo quitó al momento, amontonó los platos, dándoselos a la criada, nos puso vasos pequeños, sirvió el vino y por sí mismo echó de la habitación a la criada. Todo esto fue ejecutado a la perfección y sin que levantara siquiera los ojos, únicamente ocupado, al parecer, en lo que hacía. Pero cuando se volvía de espaldas a mí me parecía que sus codos expresaban altamente su firme convicción de que yo era extraordinariamente joven.
-¿Quiere usted que haga algo más, señor?
-Le doy las gracias. Pero usted va a comer también.
-No, señor, muchas gracias.
-¿Míster Steerforth viene de Oxford?
-¡Perdón, señor!
-Pregunto si míster Steerforth viene de Oxford.
-Creo que estará aquí mañana, señorito; creía que iba a encontrarle hoy aquí. Pero sin duda soy yo quien se ha equivocado.
-Si le ve usted antes que yo...
-Perdón, señorito; pero no pienso verle antes que usted.
-En el caso de que le viera usted, le dice que siento mucho que no haya venido hoy, porque hubiera encontrado a uno de sus antiguos compañeros.
-¿De verdad? -y repartió su saludo entre Traddles y yo, a quien miró.
Tomaba sin ruido el camino de la puerta cuando, haciendo un esfuerzo desesperado para decirle algo en un tono sencillo y natural, lo que todavía no había conseguido, le dije:
-¡Eh, Littimer!
-¡Señorito!
-¿Permaneció usted mucho tiempo en Yarmouth aquella vez?
-No mucho, señor.
-¿Ha visto usted acabar el barco?
-Sí señor; me quedé para ver acabar el barco.
-Ya lo sé (levantó los ojos hacia mí respetuosamente). ¿Míster Steerforth no lo habrá visto todavía?
-No puedo decirle, señor. Creo.... pero realmente no puedo decirle ...; deseo buenas noches al señor.
Incluyó a todos los asistentes en el saludo que siguió a estas palabras, y desapareció. Mis huéspedes parecieron respirar más libremente después de su partida, y en cuanto a mí, me sentí de lo más descansado, pues, además de la reserva que me inspiraba siempre y de la extraña convicción en que estaba de que mis aptitudes se paralizaban delante de aquel hombre, mi conciencia estaba turbada ante la idea de que ahora yo desconfiaba de su señor y no podía reprimir cierto temor de que se hubiera dado cuenta. ¿Cómo era que, teniendo tan pocas cosas que ocultar, temblaba de que aquel hombre llegara a descubrir mi secreto?
Míster Micawber me sacó de aquellas reflexiones, a las cuales se unía cierto temor, mezclado con remordimientos, de ver aparecer a Steerforth en persona, haciendo los mayores elogios de Littimer, ausente, como de un respetable muchacho y un excelente criado.
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