David Copperfield (Charles Dickens) - pág.306
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Después de esto, míster Micawber abrazó a mistress Micawber, me estrechó la mano, y yo deduje, de la alusión que acababa de hacer, que le habían cortado el agua aquella mañana por no haber pagado la cuenta a la compañía.
Para alejar sus pensamientos de aquel asunto melancólico, le dije que contaba con él para hacer el ponche, y le enseñé los limones. Su abatimiento, por no decir su desesperación, desapareció al momento. Yo no he visto jamás a un hombre gozar del perfume de la corteza del limón, del azúcar, del olor del ron y del vapor del agua caliente como míster Micawber aquel día. Daba gusto ver su rostro resplandeciente en medio de la nube formada por aquellas evaporaciones delicadas mientras que mezclaba, que movía y que probaba; parecía que, en lugar de preparar el ponche, estaba ocupándose en hacer una fortuna considerable, que debía enriquecer a su familia de generación en generación. En cuanto a mistress Micawber, yo no sé si fue el efecto de la cofia, o del agua de lavanda, o de los alfileres, o del fuego, o de las luces; pero salió de mi habitación encantadora (comparándola, claro está, a como había llegado), y sobre todo alegre como un pájaro.
Supongo, nunca me he atrevido a preguntarlo, pero supongo que después de haber frito los lenguados mistress Crupp se sintió mala, pues la comida se interrumpió ahí. El cordero llegó encarnado por el interior y muy pálido por fuera, sin contar con que estaba cubierto de una sustancia extraña y polvorienta, que parecía demostrar que había caído en las cenizas de la cocina. Quizá la salsa hubiera podido damos algún dato, pero no la tenía; «la muchacha» la había derramado por la escalera, donde formaba una larga huella, que, sea dicho de pasada, siguió allí mientras quiso sin que nadie la molestara. La empanada de ave no tenía mala cara; pero era una empanada falaz; el interior se parecía a esas cabezas, desesperantes para el frenólogo, llenas de jorobas y eminencias bajo las cuales no hay nada de particular. En una palabra, el banquete fue un fiasco, y yo me habría sentido muy desgraciado (de mi poco éxito quiero decir, pues lo era siempre pensando en Dora) si no hubiera estado animado por el buen humor de mis huéspedes y por una idea luminosa de míster Micawber.
-Mi querido Copperfield -dijo míster Micawber-, ocurren accidentes en las casas mejor cuidadas; pero en las que no son gobemadas por esa influencia soberana que santifica y realza el... la...; en una palabra, por la influencia de la mujer, revestida del santo carácter de esposa, pueden esperarse de seguro, y hay que soportarlos con filosofía. Si usted me lo permite, le haré observar que hay pocos alimentos mejores en su género que un asado picante con especias, y yo creo que repartiéndonos el trabajo podemos hacerlo en un momento si la muchacha nos proporciona unas parrillas. Así podremos reparar fácilmente la desgracia.
En la despensa había unas parrillas sobre las cuales asaba todas las mañanas mi ración de tocino; las trajeron al momento y pusimos en ejecución la idea de míster Micawber.
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