David Copperfield (Charles Dickens) - pág.305
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Si me parecía mal que no me hubiera hecho la cama a las cinco de la tarde (lo que persisto en considerar como una mala costumbre), un gesto de su mano hacia la región del nanquín, expresión de sensibilidad herida, me ponía al instante en la necesidad de balbucir excusas. En una palabra: estaba dispuesto a todas las concesiones que el honor no reprobase antes que ofender a mistress Crupp. Era el terror de mi vida.
Tomé una asistenta para el día de la comida, en lugar de aquel joven «hábil» , contra el que había concebido algunos prejuicios desde que le encontré un domingo por la mañana en el Strand engalanado con un chaleco que se parecía extraordinariamente a uno de los míos que me había desaparecido aquel día. En cuanto a la « muchacha», se le dijo que se limitara a llevar los platos y marcharse al momento de la antesala a la escalera, donde no se le oiría resoplar como tenía costumbre. Además era el medio de evitar que pudiera pisotear los platos en su retirada precipitada.
Preparé los ingredientes necesarios para hacer ponche, del que contaba con confiar la composición a míster Micawber; me procuré una botella de agua de 1avanda, dos velas, un papel de alfileres mezclados y un acerico, que puse en mi tocador para la toilette de mistress Micawber. Y después de poner yo mismo la mesa, esperé con calma el efecto de mis preparativos.
A la hora fijada llegaron mis tres invitados juntos. El cuello de la camisa de míster Micawber era más grande que de costumbre, y había puesto una cinta nueva a su monóculo. Mistress Micawber había envuelto su cofia en un papel gris, formando un paquete que llevaba Traddles, el cual daba el brazo a mistress Micawber. Todos quedaron encantados de mi casa. Cuando conduje a mistress Micawber delante de mi tocador y vio los preparativos que había hecho en honor suyo, quedó tan entusiasmada que llamó a míster Micawber.
-Mi querido Copperfield -dijo míster Micawber-, esto es un verdadero lujo. Es una prodigalidad que me recuerda los tiempos en que vivía en el celibato y cuando mistress Micawber no había sido solicitada todavía para depositar su fe en el altar de Himeneo.
-Quiere decir solicitada por él, míster Copperfield -dijo mistress Micawber en tono picaresco-; no puede hablar de otros.
-Querida mía -repuso Micawber con brusca seriedad-, no tengo ningún deseo de hablar de otras personas. Sé demasiado bien que en los designios impenetrables del Fatum me estabas destinada; que estabas reservada a un hombre destinado a llegar a ser, después de largos combates, la víctima de dificultades pecuniarias complicadas. Comprendo tu alusión, amiga mía. La siento, pero te la perdono.
-¡Micawber! -exclamó mistress Micawber llorando-. ¿He merecido que me trates así? ¡Yo que nunca te he abandonado, que no te abandonaré jamás!
-Amor mío -dijo su esposo muy conmovido-, perdóname, y nuestro antiguo amigo Copperfield también me perdonará, estoy seguro, una susceptibilidad momentánea, causada por las heridas que acaba de abrir una colisión reciente con un esbirro del Poder (en otras palabras, con un miserable perteneciente al servicio de las aguas), y espero que perdonarán, sin condenarlos, estos excesos.
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