David Copperfield (Charles Dickens) - pág.304
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Por el momento estoy dedicado, míster Copperfield, a comisionista de trigos, lo que no está muy remunerado; en otros términos, no se saca nada de ello y los apuros pecuniarios de una naturaleza transitoria han sido la consecuencia. Sin embargo, me complace el poderle decir que tengo en perspectiva la esperanza de que surja algo (perdóneme que no le diga de qué naturaleza, no soy libre de confiar ese secreto), algo que espero me permitirá salir a flote como su amigo Traddles, por el cual me intereso verdaderamente. Usted quizá no se sorprenderá de saber que mistress Micawber está en un estado de salud que hace sospechar que los lazos del afecto que...; en una palabra, que se aumente la tropa infantil. La familia de mistress Micawber ha expresado su descontento por este estado de cosas. Todo lo que puedo decirle es que no comprendo qué tienen ellos que ver con eso y que rechazo esa manifestación de sus sentimientos con asco y con desprecio.
Míster Micawber me estrechó de nuevo la mano y me dejó.
CAPÍTULO VIII
MÍSTER MICAWBER LANZA SU GUANTE
Hasta que llegó el día de recibir a mis antiguos amigos viví principalmente de Dora y de café. En el estado de enamoramiento en que me hallaba, mi apetito languidecía; pero yo me alegraba de ello, pues me parecía que habría sido un acto de perfidia hacia Dora el haber podido comer de un modo natural. La cantidad de ejercicio que hacía no daba en este caso los resultados de costumbre, pues las decepciones contrarrestaban los efectos del aire libre. Tengo también mis Judas (fundadas en la aguda experiencia adquirida en aquel período de mi vida) de si el goce del alimento animal podrá experimentarlo una criatura humana que esté siempre atormentada por las botas estrechas. Y pienso que quizá las extremidades requieren estar libres antes de que el estómago pueda actuar con vigor.
Con ocasión del pequeño convite, no repetí los extraordinarios preparativos de la otra vez. Únicamente preparé un par de lenguados, una piema de cordero y una empanada de ave. Mistress Crupp se rebeló a mi primera protesta, respecto a que guisara el pescado y el cordero, y dijo con acento de dignidad ofendida:
-No, no señor; usted no me pedirá semejante cosa, pues creo que me conoce usted lo bastante para saber que no soy capaz de hacer lo que va en contra de mis sentimientos.
Pero por fin hicimos un pacto; y mistress Crupp consintió en condimentar aquello con la condición de que después comería yo fuera de casa durante quince días.
Haré observar aquí que la tiranía de mistress Crupp me causaba sufrimientos indecibles. Nunca he tenido tanto miedo a nadie. Nos pasábamos la vida haciendo pactos, y si yo titubeaba en algún caso, al instante se apoderaba de ella aquella enfermedad extraordinaria que estaba emboscada en un rincón de su temperamento, dispuesta a agarrarse al menor pretexto para poner su vida en peligro. Si llamaba con impaciencia después de media docena de campanillazos modestos y sin efecto, cuando aparecía (que no era siempre) era con cara de reproche; caía ahogándose en una silla al lado de la puerta, apoyaba la mano sobre su seno de nanquín y se sentía tan indispuesta, que yo me consideraba muy dichoso desembarazándome de ella a costa de mi aguardiente o de cualquier otro sacrificio.
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