David Copperfield (Charles Dickens) - pág.303
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Usted no ignora que ha habido momentos de mi vida en que me he visto obligado a hacer un alto en espera de que algunos sucesos previstos salieran bien; y, en fin, que algunas veces he tenido que retroceder para conseguir lo que espero llamar sin presunción dar mejor el salto. Por el momento estoy en una de esas épocas decisivas en la vida de un hombre. Retrocedo para saltar mejor, y tengo motivos para esperar que no tardaré en terminar con un salto enérgico.
Le expresaba toda mi satisfacción por aquellas noticias, cuando entró mistress Micawber. Un poco más descuidada todavía de indumento que en el pasado, o quizá consistiera en que había perdido la costumbre de verla; sin embargo, se había preparado para ver gente, y hasta se había puesto un par de guantes oscuros.
-Querida mía -dijo mister Micawber acercándola a mí-; aquí está un caballero que se llama Copperfield y que querría renovar la amistad contigo.
Habría sido preferible, por lo visto, preparar aquella sorpresa, pues mistress Micawber, que estaba en un estado de salud precario, se conmovió tanto, que mister Micawber tuvo que correr en busca de agua a la bomba del patio y llenar un cacharro para bañarle las sienes. Se repuso pronto, sin embargo, y manifestó un verdadero placer al verme. Estuvimos charlando todos juntos todavía cerca de media hora, y le pregunté por los mellizos, «que estaban enormes», me dijo; en cuanto al señorito y a la señorita Micawber, me los describió como «verdaderos gigantes» ; pero no los vi en aquella ocasión.
Mister Micawber quería convencerme de que me quedase a comer, y yo no habría hecho ninguna objeción si no me hubiera parecido leer en los ojos de mistress Micawber un poco de inquietud calculando la cantidad de fiambre que tendría en la despensa. Declaré que estaba comprometido en otra parte, y observando que el espíritu de mistress Micawber parecía libertado de un gran peso, resistí a todas las insistencias de su esposo.
Pero les dije a Traddles y a mister y mistress Micawber que antes de decidirme a dejarlos era necesario que me fijaran el día que les convenía venir a comer a mi casa. Las ocupaciones que encadenaban a Traddles nos obligaron a fijar una fecha bastante lejana; pero por fin se eligió una tarde que convenía a todo el mundo, y me despedí de ellos.
Mister Micawber, bajo pretexto de enseñarme un camino más corto que aquel por el que había ido, me acompañó hasta un rincón de la calle, con intención, añadió, de decir algunas palabras en confianza a su antigun amigo.
-Mi querido Copperfield -me dijo mister Micawber-, no tengo necesidad de repetirle que para nosotros, en las circunstancias actuales, es un gran consuelo tener bajo nuestro techo un alma como la que resplandece, si puedo expresarme así, en su amigo Traddles. Con la lavandera que vende galletas, que es nuestra vecina más cercana, y un guardia que vive en la casa de enfrente, puede usted comprender que la amistad de míster Traddles es una gran dulzura para mistress Micawber y para mí.
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