David Copperfield (Charles Dickens) - pág.302
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Por lo tanto, cualquier duda que hubiera podido quedarme en el espíritu sobre la identidad de mis antiguos amigos se desvaneció, y rogué a Traddles que pidiera al dueño que subiera. Traddles se asomó a la escalera para llamar a míster Micawber, que apareció un momento después. No había cambiado; su pantalón ceñido, su bastón, el cuello de la camisa y su monóculo eran siempre los mismos, y entró en la habitación de Traddles con cierto aire de juventud y de elegancia.
-Le pido perdón, míster Traddles -dijo míster Micawber con la misma inflexión de voz de siempre y cesando bruscamente de canturrear-: no sabía que iba a encontrar en su santuario a un caballero extraño a la casa.
Míster Micawber me hizo un ligero saludo y se tiró del cuello de la camisa.
-¿Cómo está usted, míster Micawber? -le dije.
-Caballero -dijo míster Micawber-, es usted muy amable. Estoy in statu quo.
-¿Y mistress Micawber? -proseguí.
-Caballero -dijo míster Micawber-, también está, gracias a Dios, in statu quo.
-¿Y los niños, míster Micawber?
-Caballero -dijo míster Micawber-, tengo la alegría de poderle contestar que están en el mejor estado de salud.
Durante todo aquel tiempo, míster Micawber no me había reconocido lo más mínimo, aunque estábamos frente a frente. Pero ahora, viendo mi sonrisa, examinó mis rasgos con mayor atención, retrocedió y exclamó:
-¿Es posible? ¿Es a Copperfield a quien tengo el gusto de volver a ver?
Y me estrechó las dos manos con la mayor efusión.
-¡Dios mío, míster Traddles -dijo míster Micawber-, pensar que encuentro en su compañía al amigo de mi juventud, al compañero de días más jóvenes! ¡Querida mía! -llamó por la escalera míster Micawber, mientras Traddles parecía, con razón, no poco sorprendido de aquellas expresiones-. Hay aquí un caballero, en la habitación de míster Traddles, que desea tener el gusto de ser presentado a ti, amor mío.
Míster Micawber reapareció inmediatamente y me estrechó las manos de nuevo.
-¿Y cómo está nuestro querido amigo el doctor, Copperfield -dijo mister Micawber-, y todos los conocidos de Canterbury?
-Sólo he tenido buenas noticias de ellos -dije.
-¡Cómo me alegro! -dijo míster Micawber-. Fue en Canterbury donde nos encontramos por última vez. A la sombra de aquel edificio religioso, para servirme del estilo figurado inmortalizado por Chance; de ese edificio que ha sido en otras épocas la meta de peregrinación de tantos viajeros de los lugares más ...; en una palabra -dijo míster Micawber-, al lado de la catedral.
-Es verdad -le dije.
Míster Micawber continuaba hablando con la mayor volubilidad; pero me parecía observar en su rostro que escuchaba con interés ciertos ruidos que provenían de la habitación de al lado, como si mistress Micawber se lavara las manos y abriera y cerrara precipitadamente cajones que no eran fáciles de abrir.
-Nos encuentra usted, Copperfield -dijo míster Micawber mirando a Traddles de reojo-, establecidos por el momento en una situación modesta y sin pretensiones; pero usted sabe que en el curso de mi carrera he tenido que atravesar tremendas dificultades y muchos obstáculos que vencer.
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