David Copperfield (Charles Dickens) - pág.301
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¿Te das cuenta?
Sólo un poco más tarde comprendí todo el gusto con que me daba aquellos detalles; pues en aquel momento, en mi egoísmo, seguía en mi cabeza un piano figurado de la casa y del jardín de mister Spenlow.
-¡Es una chica tan buena! -dijo Traddles-. Time algún año más que yo; pero ¡es una chica tan buena! ¿No te lo dije la otra vez que te vi cuando me fui de Londres? Es que iba a verla. Voy a pie al ir y al venir; pero ¡qué viaje tan delicioso! Probablemente seguiremos de novios mucho tiempo; pero nuestro lema es «Paciencia y esperanza». Y es lo que nos repetimos siempre: «Paciencia y esperanza». Y me esperará, querido Copperfield; me esperará hasta los sesenta años y mas si es necesario.
Traddles se levantó y puso la mano con expresión de triunfo encima del paño blanco que ya he mencionado.
-Sin embargo -dijo-, eso no quita que nos estemos ocupando ya de nuestra casa; no, no. Al contrario, ya hemos empezado. Iremos poco a poco; pero ya hemos empezado. Mira -dijo tirando del paño con mucho orgullo y cuidado-, mira las dos cosas que hemos comprado ya para la casa: este florero y esta repisa; eila misma los ha comprado. Esto en la ventana de un salón -dijo Traddles retrocediendo un poco para mirar mejor- y con una planta en el florero y... ¡ya está! En cuanto a esta mesita con tablero de mármol (tiene dos pies y dos pulgadas de circunferencia), yo soy quien la ha comprado. Se necesita un sitio donde dejar un libro, o bien viene alguien a veros, a ti o a tu mujer, y busca un sitio donde dejar su taza de té; pues, ¡aquí está! -repuso Traddles-. Es un mueble muy bien trabajado, y sólido como una roca.
Le alabé las dos cosas, y Traddles volvió a colocar el paño con el mismo cuidado que lo había levantado.
-No es todavía mucho mobiliario -dijo Traddles-; pero siempre es algo. Los manteles, las sábanas y todo eso es lo que más me desanima, Copperfield, y la batería de cocina, las cacerolas, los asadores; es todo tan indispensable, y es caro, sube mucho. Pero «Paciencia y esperanza», y además, si supieras, ¡es tan... tan buena chica!
-Estoy seguro -le dije.
-Entre tanto -dijo Traddles volviéndose a sentar, y este es el fin de todos estos pesadísimos detalles personales-, hago lo que puedo. No gano mucho dinero, pero gasto poco. En general como con los habitantes del piso bajo, que son muy amables. Míster y mistress Micawber conocen bien la vida, y son compañeros agradables.
-Querido Traddles, ¿qué me dices?
Traddles me miró como si a su vez no supiera lo que yo decía.
-¡Mister y mistress Micawber! ¡Son íntimos amigos míos!
Precisamente en aquel momento sonó en la puerta de la calle un doble golpe, en el que reconocí, a causa de mi larga experiencia de Windsor Terrace, la mano de míster Micawber; sólo él podía llamar así.
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