David Copperfield (Charles Dickens) - pág.299
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En un rincón de la habitación vi algo que estaba cuidadosamente cubierto con un gran paño blanco, sin poder adivinar lo que era.
-Traddles -le dije estrechándole por segunda vez la mano cuando estuve sentado-, estoy encantado de verte.
-Yo sí que estoy encantado, Copperfield -replicó-. ¡Oh, sí! ¡Muy contento! El día que nos encontramos en casa de míster Waterbrook estaba radiante, y estaba seguro de que te ocurría lo mismo. Por eso te di la dirección de mi casa, en lugar de darte la de mi bufete.
-¡Oh! ¿Tienes bufete? -dije.
-Es decir, la cuarta parte de un bufete y de un pasillo, y también la cuarta parte de un empleado -repuso Traddles-. Nos hemos reunido cuatro para alquilar un estudio, y que parezca que tenemos asuntos, y al empleado también le pagamos entre los cuatro. Me cuesta media corona por semana.
«Su antigua sencillez y buen humor, y también algo de su antigua mala suerte» pensaba yo al verle sonreírse mientras me daba estas explicaciones.
-Te aseguro que no es por orgullo, Copperfield, me comprenderás -dijo Traddles-, por lo que no doy, por lo general, las señas de mi casa; es solamente porque no a todos podría gustarles venir aquí. En cuanto a mí, tengo bastante que hacer con tratar de salir a flote en el mundo, y sería ridículo que me preocupara otra cosa.
-¿Te piensas dedicar a la abogacía, según me ha dicho míster Waterbrook? -le dije.
-Sí, sí -dijo Traddles restregándose despacio las manos una con otra-; me preparo para eso. El caso es que empiezo ahora a estudiar, aunque algo tarde, hace ya algún tiempo que estoy inscrito, pero el pago de esas cien libras es un gran pellizco. ¡Un gran pellizco! -dijo Traddles con un gesto como si le sacaran un diente.
-¿Sabes en lo que no puedo por menos de pensar, Traddles, mientras estoy aquí sentado mirándote? -le pregunté.
-No -me dijo. -En el traje azul celeste que llevabas entonces.
-¡Dios mío, es verdad! -exclamó Traddles riendo-. Un poco estrecho en los brazos y en las piernas. ¡Dios mío! ¡Ya lo creo! Aquellos eran tiempos felices, ¿no te parece?
-Pienso que nuestro maestro podía habernos hecho más dichosos sin perjudicamos a ninguno, y se lo habría agradecido -repuse.
-Quizá podía; pero, amigo, nos divertíamos mucho. ¿Te acuerdas de las noches del dormitorio? ¿Y los banquetes que acostumbrábamos a tener? ¿Y cuando tú nos contabas historias? ¡Ja, ja, ja! ¿Y te acuerdas cómo me pegaron por llorar cuando se fue míster Mell? ¡El viejo Creakle! Me gustaría también volverle a ver
-Era un bruto contigo, Traddles -dije con indignación, pues su buen humor me ponía furioso, como si le hubiera estado viendo pegar la víspera.
-¿De verdad lo piensas? ¿Realmente? Quizá lo era; pero hace tanto tiempo. ¡Viejo Creakle!
-¿Era un tío el que se ocupaba de ti entonces? -dije.
-Sí -dijo Traddles-. Aquel a quien siempre iba yo a escribir y nunca lo hacía. ¡Ja, ja, ja! Sí; entonces tenía un tío.
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