David Copperfield (Charles Dickens) - pág.298
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-Porque... -repuso el lechero continuando como si no hubiera recibido respuesta y hablando más bien, según me pareció (por el tono y las miradas furiosas que lanzaba hacia el interior), para que le escuchase alguien que estaba dentro de la casa, que para la criadita- porque hace ya tanto tiempo que esta cuenta va corriendo, que empiezo a creer que va a seguir corriendo siempre, y luego va a ser difícil atraparla. ¡Y puede usted comprender que eso no lo puedo consentir! -gritó cada vez más alto, atravesando con su tono penetrante toda la casa desde el corredor
Sus modales eran una anomalía nada de acuerdo con su tranquilo oficio de lechero. Su cólera habría resultado excesiva en un carnicero y hasta en un vendedor de aguardiente. La voz de la criadita se debilitó; pero me pareció, por el movimiento de sus labios, que murmuraba de nuevo que iban a ocuparse enseguida de la cuenta.
-Escucha lo que voy a decirte -repuso el lechero fijando los ojos en ella por primera vez y cogiéndola de la barbilla-: ¿te gusta la leche?
-Sí, mucho -replicó.
-Pues bien -continuó el lechero-; mañana no la traeré, ¿me oyes? Mañana no traeré ni una gota.
La chica pareció tranquilizada al saber que, por lo menos, hoy sí la tendrían. El lechero, después de hacer un gesto siniestro, le soltó la barbilla, y abriendo su cacharra de la peor gana del mundo llenó la de la familia. Después se marchó gruñendo y se puso a vocear en la calle la leche en tono furioso.
-¿Vive aquí míster Traddles? -pregunté.
Una voz misteriosa respondió «sí» desde el fondo del corredor. Entonces la criadita repitió: «Sí.»
-¿Está en casa?
La voz misteriosa respondió de nuevo afirmativamente, y la criada hizo eco. Entonces entré y, por las indicaciones de la muchacha, subí, seguido, según me pareció, por un ojo misterioso, que pertenecía sin duda a la voz misteriosa, y procedente de una habitación de la parte de atrás de la casa.
Encontré a Traddles esperándome en el descansillo de la escalera. La casa no tenía más que un piso, y la habitación en que me introdujo, con gran cordialidad, estaba situada en la parte de delante. Estaba muy limpia, aunque pobremente amueblada. Vi que esa era toda su vivienda, pues tenía un lecho-diván, y los cepillos y betunes estaban escondidos entre los libros, detrás de un diccionario, sobre el estante más alto. Tenía la mesa cubierta de papeles; estaba vestido con un traje muy viejo, y trabajaba con toda su alma. Yo no miraba nada; pero lo vi todo a la primera ojeada, antes de sentarme: hasta una iglesia pintada en el tintero de porcelana. Era también una facultad de observación que había aprendido a ejercitar en los tiempos de los Micawber. Diferentes arreglos ingeniosos de su invención, para disimular la cómoda o para esconder las botas, el espejo de afeitarse, etc., me recordaban con una exactitud completamente peculiar las costumbres de Traddles en los tiempos en que gastaba el tiempo en tonterías, o cuando se consolaba de sus penas con las famosas obras de arte de las cuales he hablado más de una vez.
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