David Copperfield (Charles Dickens) - pág.297
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-Míster Copperfull -contestó mistress Crupp-, yo también soy madre, y no lo haré. Le pido perdón por mi indiscreción. No me gusta mezclarme en lo que no me incumbe. Pero usted es joven, míster Copperfull, y mi opinión es que tenga usted valor, que no se deje abatir y que se estime en lo que vale. Si usted pudiera dedicarse a algo -dijo mistress Crupp-, por ejemplo, a jugar a los bolos, es una diversión, le distraería y le sentaría bien.
A estas palabras mistress Crupp me hizo una reverencia majestuosa, a manera de gracias por mi medicina, y se retiró fingiendo cuidar mucho de no verter el aguardiente, que ya había desaparecido por completo. Viéndola alejarse en la oscuridad, se me ocurrió que mistress Crupp se había tomado una singular libertad dándome consejos; pero, por otro lado, no me disgustaba. Era una lección para saber guardar mejor mis secretos en el futuro.
CAPÍTULO VII
TOMMY TRADDLES
Quizá fue a consecuencia del consejo de mistress Crupp, o quizá también sin mayor razón que la de recordar algunas partidas que había jugado con Traddles, por lo que al día siguiente se me ocurrió ir en busca de mi antigun camarada. El tiempo que debía pasar fuera de Londres había transcurrido, y habitaba en una callejuela cercana a la Escuela de Veterinaria, en Camden Town, barrio principalmente habitado, según me dijo uno de nuestros empleados, que vivía cerca, por jóvenes estudiantes de la Escuela, que compraban burros vivos para hacer con ellos experimentos en sus habitaciones particulares. Me hice dar por aquel mismo empleado algunos datos sobre la situación de ese retiro académico, y a mediodía me encaminé en busca de mi antigun camarada.
La calle en cuestión dejaba bastante que desear, y me habría gustado mayor comodidad para mi amigo Traddles. Parecía que sus habitantes eran demasiado propensos a lanzar en medio de la calle todo lo que les estorbaba; de manera que no solamente estaba llena de fango y basura, sino que además reinaba el mayor desorden y estaba llena de hojas de coles. Y aquel día no era eso todo, pues además de las verduras había una zapatilla vieja, una cacerola sin fondo, un sombrero negro y un paraguas, todo en mayor o menor estado de descomposición, según pude apreciar mientras buscaba el número deseado.
El aspecto general del lugar me recordó vivamente los tiempos en que yo vivía con los Micawber. Cierto aspecto indefinible de elegancia venida a menos, que se observaba en la casa que yo buscaba, diferenciándola de las otras (aunque todas estaban construidas sobre el mismo patrón y parecían esos intentos primitivos de colegial torpe que aprende a dibujar casas), me recordaba todavía más a mis antiguos huéspedes. El diálogo a que asistí al llegar a la puerta, que acababan de abrir al lechero, no hizo más que avivar mis recuerdos.
-Veamos -decía el lechero a una criada muy jovencita-, ¿han pensado ya en mi cuenta?
-¡Oh! El señor dice que se ocupará de ella enseguida -respondió.
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