David Copperfield (Charles Dickens) - pág.296
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Si no tenía aquel licor a mano podía reemplazarlo con un poco de aguardiente, que, aunque no le resultaba muy agradable, según decía, de no ser la tintura de cardamomo era lo mejor. Como yo no había oído nunca hablar de lo primero y tenía siempre una botella de lo segundo en mi armario, di un vaso a mistress Crupp, que empezó a beberlo en mi presencia, para probarme que no era mujer que hiciese mal uso de ello.
-Vamos, valor, señorito -me dijo mistress Crupp-; no puedo soportar el verle así; yo también soy madre.
No comprendía bien cómo podría yo aplicarme aquel «yo también», lo que no me impidió sonreír a mistress Crupp con toda la benevolencia de que soy capaz.
-Vamos, señorito -insistió mistress Crupp-, le pido que me perdone; pero sé de lo que se trata, señorito. Se trata de una señorita.
-Mistress Crupp -respondí yo, enrojecido.
-¡Que Dios le bendiga! No se deje abatir, señorito -dijo mistress Crupp con un gesto animador, ¡Tenga valor, señorito! Si esta no le sonríe, no faltarán otras. Es usted un joven con el que se está deseando sonreír, señorito Copperfull; debe usted aprender lo que vale.
Mistress Crupp siempre me llamaba Copperfull; en primer lugar, sin duda, porque no era mi nombre, y en segundo, en recuerdo de algún día de bautizo.
-¿Qué es lo que le hace suponer que se trata de una señorita, mistress Crupp?
-Míster Copperfull -dijo mistress Crupp en tono conmovido-, ¡yo también soy madre!
Durante un momento mistress Crupp no pudo hacer otra cosa que tener apoyada la mano sobre su seno de nanquín y tomar fuerzas preventivas contra la vuelta de su enfermedad, sorbiendo su medicina. Por fin me dijo:
-Cuando su querida tía alquiló para usted estas habitaciones, míster Copperfull, yo me dije: « Por fin he encontrado a alguien a quien querer; ¡bendito sea Dios!; por fin he encontrado alguien a quien querer». Esas fueron mis palabras... Usted no come apenas, ni bebe...
-¿Y es en eso en lo que funda sus suposiciones, mistress Crupp? -pregunté.
-Señorito -dijo mistress Crupp en un tono casi severo-, he cuidado la casa de muchos jóvenes. Un joven podrá arreglarse mucho, o no arreglarse bastante. Puede peinarse con cuidado, o no hacerse siquiera la raya. Puede llevar botas demasiado grandes o demasiado pequeñas; eso depende del carácter; pero sea cual sea en el extremo que se lance, en uno a otro caso siempre hay una señorita por medio.
Mistress Crupp sacudió la cabeza con aire tan decidido, que yo no sabía qué cara poner.
-El caballero que ha muerto aquí antes que usted viniese -dijo mistress Crupp-, pues bien, se había enamorado... de una criada, y al momento hizo estrechar todos sus chalecos, para que no se notara lo hinchado que estaba por la bebida.
-Mistress Crupp -le dije-, le ruego que no compare a la jovencita de que se trata con una criada ni con ninguna otra criatura de esa especie; hágame el favor
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