David Copperfield (Charles Dickens) - pág.294
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Pero, afortunadamente, la terraza estaba cerca y llegamos al mismo tiempo que terminaba de hablar.
Estaba llena de geranios, y quedamos en contemplación ante las flores. Dora saltaba sin cesar para admirar una planta, y después otra; y yo me detenía para admirar las que ella admiraba. Dora, al mismo tiempo que se reía, levantaba al perro en sus brazos, con un gesto infantil, para que oliese las flores; si no estábamos los tres en el paraíso yo por mi parte lo estaba. El perfume de una hoja de geranio me da todavía ahora una emoción mitad cómica mitad seria, que cambia al instante la luz de mis ideas. Veo enseguida el sombrero de paja con las cintas azules sobre un bosque de bucles, y un perrito negro levantado por dos preciosos y finos brazos, para hacerle respirar el perfume de las flores y de las hojas.
Miss Murdstone nos buscaba. Nos encontró y presentó su mejilla absurda a Dora para que besara sus arrugas, llenas de polvo de arroz; después cogió el brazo de su amiga de confianza y nos dirigimos a desayunar, como si fuéramos al entierro de un soldado.
Yo no sé el número de tazas de té que acepté porque era Dora quien lo había hecho; pero recuerdo perfectamente que consumí tantas que debían haberme destruido para siempre el sistema nervioso, si hubiera tenido nervios en aquella época. Un poco más tarde fuimos a la iglesia. Miss Murdstone se puso entre los dos; pero yo oía cantar a Dora, y no veía a nadie más. Hubo sermón (naturalmente sobre Dora ...) y me temo que eso fue todo lo que saqué en limpio del servicio divino.
El día pasó tranquilamente. No vino nadie; después paseamos, comimos en familia y pasamos la velada mirando libros y grabados. Pero miss Murdstone, con una homilía en la mano y los ojos fijos en nosotros, montaba la guardia de vigilancia. ¡Ah! Míster Spenlow no sospechaba, cuando estaba sentado frente a mí después de comer, el ardor con que yo le estrechaba, en mi imaginación, entre mis brazos, como el más tierno de los yernos. No sospechaba, cuando me despedí de él por la noche, que acababa de dar su consentimiento a mi noviazgo con Dora, y que yo reclamaba, en agradecimiento, todas las bendiciones del cielo para él.
Al día siguiente partimos temprano, pues había una causa de salvamento en la Cámara del Almirantazgo que exigía un conocimiento bastante exacto de toda la ciencia de la navegación. Ahora bien, como en esa materia no estábamos muy duchos en el Tribunal, el juez había rogado a dos viejos, Trinit y Martersn, que tuvieran la caridad de ir en su ayuda. Dora estaba ya en la mesa haciéndonos el té, y tuve el triste placer de saludarla desde lo alto del faetón, mientras ella estaba en el dintel de la puerta con Jip en sus brazos.
No intentaré inútiles esfuerzos para describir lo que la Cámara del Almirantazgo me pareció aquel día, ni la confusión de mi espíritu sobre el asunto que se trataba en ella; no diré cómo leía el nombre de Dora escrito sobre la rama de plata puesta encima de la mesa como emblema de nuestra alta jurisdicción, ni lo que sentí cuando míster Spenlow se volvió a su casa sin mí.
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