David Copperfield (Charles Dickens) - pág.292
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Yo estaba sumergido en un delirio de bienaventuranzas. Rechacé todo refresco. El ponche en particular me repugnaba. Cuando miss Murdstone se acercó para llevársela, me sonrió y me tendió su encantadora mano. Yo lancé por casualidad una mirada a un espejo, y vi que tenía todo el aspecto de un imbécil, de un idiota. Volví a mi habitación en completo estado de imbecilidad, y me levanté al día siguiente sumergido todavía en el mismo éxtasis.
Hacía un día hermoso, y como me había levantado muy temprano, pensé que podría pasearme por una de aquellas avenidas alimentando mi pasión con su recuerdo. Al atravesar el vestíbulo me encontré a su perrito; se llamaba Jip, diminutivo de Gipsy. Me acerqué a él con ternura, pues mi amor se extendía hasta él; pero me enseñó los dientes y se refugió debajo de una silla, gruñendo, sin permitirme la menor familiaridad.
El jardín estaba fresco y solitario; yo me paseaba pensando en la felicidad que sentiría si llegara alguna vez a ser novio de aquella maravillosa criatura. En cuanto al matrimonio, o a la fortuna, creo que estaba tan alejado de todo pensamiento de aquel género como en los tiempos en que amaba a la pequeña Emily. Llegar a poder llamarla Dora, a escribirle, a amarla, a adorarla, a creer que ella no me olvidaba, aunque estuviera rodeada de otros amigos, era para mí el máximo de la ambición humana. No hay duda de que yo era entonces un pobre muchacho ridículo y sentimental; pero aquellos sentimientos demostraban tal pureza de corazón que me impiden despreciar absolutamente su recuerdo, por risible que me parezca hoy.
Me paseaba hacía poco rato, cuando a la vuelta de un sendero me encontré con Dora. Todavía enrojezco de pies a cabeza al recordarlo y la pluma me tiembla entre los dedos.
-Sale... usted muy temprano, miss Spenlow -le dije.
-¡Oh! Me aburro en casa; miss Murdstone es tan absurda. Tiene las ideas más extrañas sobre la necesidad de que la atmósfera esté bien purificada antes de que yo salga. ¡Purificada! (Aquí se echó a reír con la risa más melodiosa.) Los domingos por la mañana no estudio, y algo tengo que hacer. Anoche le dije a papá que estaba decidida a salir. Además, es el momento más hermoso del día, ¿no cree usted?
Emprendí el vuelo aturdidamente y le dije, o mejor dicho balbucí, que el tiempo me parecía magnífico en aquel momento; pero que hacía un instante me parecía muy triste.
-¿Es un cumplido -dijo Dora-, o es que el tiempo ha cambiado en realidad?
Contesté, balbuciendo más que nunca, que no era un cumplido, sino la verdad, aunque no había observado el menor cambio en el tiempo; me refería únicamente al que se había producido en mis sentimientos, añadí tímidamente, para terminar la explicación.
Nunca he visto bucles semejantes a los que entonces sacudió Dora para ocultar su rubor; pero no es extraño que no los hubiera visto, pues no había bucles semejantes en el mundo.
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