David Copperfield (Charles Dickens) - pág.291
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Pero me tranquilicé de una manera inesperada.
-David Copperfield -dijo miss Murdstone haciéndome una seña para que me acercara con ella a una ventana-, ¡una palabra!
Me encontré frente a miss Murdstone.
-David Copperfield -me dijo miss Murdstone-, no tengo necesidad de extenderme sobre nuestras circunstancias familiares; el asunto no es tentador.
-Muy lejos de ello, señorita -repliqué.
-Muy lejos de ello -repitió miss Murdstone-. No tengo ningún deseo de recordar querellas pasadas ni injurias olvidadas. He sido insultada por una persona, una mujer, siento decirlo por el honor del sexo, y como no podría hablar de ella sin desprecio y sin asco, prefiero no mencionarla.
Estuve a punto de acalorarme defendiendo a mi tía. Pero me contuve y le dije que, en efecto, sería más delicado el no, aludir a ello, y añadí que no consentiría oír hablar de mi tía más que con respeto, y de no ser así, tomaría su defensa.
Miss Murdstone cerró los ojos, inclinó la cabeza con desdén y, después, volviendo a abrirlos lentamente, repuso:
-David Copperfield, no trataré de ocultarle que la opinion que tengo de usted es muy desfavorable desde su infancia. Quizá me he equivocado, o usted ha dejado de justificar esa opinion; por el momento, no se trata de eso. Formo parte de una familia notable, así lo creo, por su firmeza, y no soy persona a quien cambie las circunstancias. Puedo tener mi opinión sobre usted, como usted puede tenerla sobre mí.
Incliné la cabeza a mi vez.
-Pero no es necesario -dijo miss Murdstone- que hagamos aquí gala de esas opiniones. En las circunstancias actuales vale más para todos que no sea así. Puesto que las casualidades de la vida nos han acercado de nuevo y que otras ocasiones semejantes pueden presentarse, soy de la opinion de que nos tratemos uno a otro como simples conocidos. Nuestro parentesco lejano es razón suficiente para explicar esa clase de relaciones, y es inútil ponernos en evidencia. ¿Es usted de la misma opinión?
-Miss Murdstone -repliqué-, opino que mister Murdstone y usted se han portado conmigo cruelmente y que han tratado a mi madre con mucha dureza; conservaré esta opinion mientras viva. Pero comparto plenamente lo que me propone.
Miss Murdstone cerró de nuevo los ojos a inclinó otra vez la cabeza; después, tocando el reverso de mi mano con sus dedos rígidos y helados, se alejó arreglando las cadenitas que llevaba en los brazos y en el cuello; las mismas, y en el mismo estado exactamente, que la última vez que la había visto. Entonces, pensando en el carácter de miss Murdstone, recordé las cadenas que ponen en las puertas de las prisiones para anunciar a todo transeúnte lo que debe esperarse encontrar dentro.
Todo lo que sé del resto de la velada es que oí a la soberana de mi corazón cantar maravillosas baladas francesas cuyos significados eran, por lo general, que en todo momento había que bailar ¡tralalá, tralalá! Se acompañaba de un instrumento mágico, que parecía una guitarra.
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