David Copperfield (Charles Dickens) - pág.289
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Pero esto es una digresión; yo no era hombre para tocar el Tribunal de Doctores ni para revolucionar el país; humildemente expresé, con mi silencio, que asentía a todo cuanto había dicho mi superior en edad y conocimientos y nos pusimos a hablar de El extranjero, del drama en general y del tronco de caballos que nos arrastraba, hasta que llegamos ante la puerta de míster Spenlow.
La casa de míster Spenlow tenía un bonito jardín, y aunque no era buena época para verlo, estaba tan cuidado, que me entusiasmó totalmente. Era un sitio delicioso, con el césped, los árboles y aquella perspectiva de senderos que se perdían en la oscuridad de los arcos, cubiertos sin duda de flores y plantas trepadoras en la primavera. «Por aquí paseará miss Spenlow», pensé.
Entramos en la casa, que estaba alegremente iluminada, y me encontré en un vestíbulo lleno de sombreros, gabanes, guantes, fustas y bastones.
-¿Dónde está miss Dora? -dijo míster Spenlow al criado.
« Dora, pensé, ¡qué nombre tan bonito! »
Entramos en una habitación (contigua al comedor en que el antiguo empleado había bebido jerez de la Compañía de las Indias) y oí que decían:
-Míster Copperfield: mi hija Dora y la amiga de confianza de mi hija.
No tenía duda; era la voz de míster Spenlow; pero yo no me daba cuenta, y además me tenía sin cuidado. Todo había terminado; mi destino estaba cumplido. Estaba cautivo y esclavo. Amaba a Dora Spenlow con locura.
Me pareció una criatura sobrehumana, un hada, una sílfide, no sé qué, algo que nunca había visto y que todos deseamos siempre. Desaparecí en un abismo de amor, sin detenerme en el borde, sin mirar adelante ni atrás; me lancé de cabeza antes de haber podido decirle una palabra.
-Ya conocía a míster Copperfield -me dijo otra voz muy conocida, cuando me inclinaba murmurando algo.
La que hablaba no era Dora, no; era su amiga de confianza, miss Murdstone.
No me sorprendí demasiado; había perdido la facultad de sorprenderme. ¡No había nada en la tierra ni en el mundo material que mereciese sorprenderme fuera de Dora Spenlow! Dije: «¿Cómo está usted, mis Murdstone? Espero que siga usted bien». Ella me contestó: «Muy bien». Y yo dije: «¿Cómo está míster Murdstone?». Y me contestó: «Mi hermano está en perfecta salud, muchas gracias».
Míster Spenlow, que se había sorprendido al ver que nos conocíamos mutuamente, dijo:
-Me alegro mucho, Copperfield, de ver que usted y miss Murdstone se conocen de antes.
-Míster Copperfield y yo -dijo miss Murdstone con severa compostura- nos conocemos desde los días de su infancia. Las circunstancias nos han separado después, y yo no lo habría reconocido.
Yo contesté que la habría reconocido en cualquier parte, y era verdad.
-Mis Murdstone ha tenido la bondad -me dijo míster Spenlow- de aceptar el oficio, si puedo llamarlo así, de amiga de confianza de mi hija Dora. Mi hija tiene la desgracia de haber perdido a su madre, y miss Murdstone se dedica a acompañarla y protegerla.
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