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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.287

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Añadió, sin embargo, que cuando Ilegara su hija esperaba tener el gusto de recibirme. Yo sabía, en efecto, que era viudo, con una hija única, y le, expresé mi agradecimiento.
Míster Spenlow cumplió fielmente su palabra, y quince días después me recordó su promesa, diciéndome que si quería hacerle el honor de ir a Norwood el sábado siguiente y quedarme hasta el lunes me lo agradecería mucho. Yo respondí, naturalmente, que estaba dispuesto a complacerle, y quedó convenido que me llevaría y me traería en su coche.
Cuando llegó aquel día, hasta mi equipaje era un objeto de veneración para los empleados subalternos, los cuales pensaban en la casa de Norwood como en un misterio sagrado. Uno de ellos me dijo que había oído contar que el servicio de mesa de míster Spenlow era exclusivamente de plata y porcelana de China y, además, que se bebía champán durante toda la comida como se bebe cerveza en otras partes. El viejo abogado de la peluca, que se llamaba míster Tiffey, había estado muchas veces en Norwood en el transcurso de su carrera y había podido entrar hasta el comedor, que describía como una habitación de lo más suntuosa, tanto más porque había bebido en ella jerez de la Compañía de las Indias, de una calidad tan especial que causaba sorpresa.
El Tribunal de Doctores se ocupaba aquel día de un asunto atrasado: condenar a un panadero que se había negado a pagar el impuesto de adoquinado, y como la causa era dos veces más larga que Robinson Crusoe (según un cálculo que hice), aquello terminó algo tarde. Condenamos al panadero a mes y medio de prisión y a pagar daños y perjuicios; después de esto, el procurador del panadero, el juez y los abogados de ambas partes, que eran todos parientes, se fueron juntos hacia la ciudad, y míster Spenlow y yo nos fuimos en su faetón.
Era un coche muy elegante; los caballos levantaban la cabeza y movían las patas como si supieran que pertenecían al Tribunal de Doctores.
Había mucha competencia entre los doctores sobre cualquier cosa, y teníamos algunos coches muy cuidados, aunque yo siempre había considerado y consideraré que en mi época el gran artículo de competencia era el almidón de los cuellos, pues los procuradores hacían tal consumo de él que no creo que la naturaleza humana pudiera soportar más.
Por el camino íbamos muy contentos y míster Spenlow me dio algunos consejos relativos a mi profesión. Decía que era la profesión más distinguida del mundo y que no debía confundirse con el oficio de abogado, pues eran cosas completamente distintas, infinitamente más exclusiva, menos mecánica y de más provecho la de procurador. Tratábamos las cosas mucho más cómodamente allí que en ninguna parte, y esto hacía de nosotros una clase aparte, privilegiada. Me dijo que no podía por menos de reconocer el hecho desagradable de que casi siempre nos utilizaban los abogados; pero me dio a entender que eran una raza inferior de hombres, universalmente mirados de arriba abajo por todos los procuradores que se respetaban.


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