David Copperfield (Charles Dickens) - pág.284
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-Siento mucho no tener aquí más que una sola cama, y que...
-¡Oh!; no hable siquiera de la cama, míster Copperfield -respondió en tono suplicante levantando una de sus piernas-. Pero ¿,tendría usted inconveniente en dejarme acostar en el suelo delante de la chimenea?
-Si es así -contesté-, tome mi cama y yo me acostaré delante del fuego.
Su negativa a aceptar mi ofrecimiento fue casi tan escandalosa, en el exceso de su sorpresa y de su humildad, como para penetrar en los oídos de mistress Crupp, que dormía en una habitación lejana, situada al nivel de la calle, y arrullada en su sueño probablemente por el tictac de un reloj implacable, al cual apelaba siempre cuando teníamos alguna discusión sobre cuestiones de puntualidad y que atrasaba tres cuartos de hora, aunque siempre lo ponía bien por la mañana y guiándose de las autoridades más competentes.
Ninguno de los argumentos que se me ocurrían en mi turbación causaba efecto sobre su modestia; por lo tanto, renuncié a persuadirle de que aceptase mi lecho; pero me vi obligado a improvisarle, lo mejor que pude, una cama cerca del fuego. El colchón del diván (exageradamente corto para aquel cadáver), los almohadones del diván, una colcha, el tapete de la mesa, un mantel limpio y un grueso gabán, todo esto componía un lecho, del que me estaba plenamente agradecido. Yo le presté un gorro de dormir, que se encasquetó al momento y con el que estaba tan horrible que nunca he podido ponérmelo yo después. Por último, le dejé descansar en paz.
¡Nunca olvidaré aquella noche! ¡Nunca olvidaré la de vueltas que di en mi cama; la de veces que me desperté pensando en Agnes y en aquella criatura odiosa; la de veces que me preguntaba lo que podría y debería hacer; todo para llegar siempre a la conclusión de que lo mejor para la tranquilidad de Agnes era no hacer nada y guardar para mí lo que había sabido. Si me dormía un momento, la imagen de Agnes, con sus ojos tan dulces, y la de su padre mirándola tiernamente, se presentaban ante mí suplicándome que les ayudase y llenándome de vagos temores. Cada vez que me despertaba la idea de que Uriah durmiera en la habitación de al lado me oprimía como una pesadilla y me hacía sentir sobre el corazón como un peso de plomo, como si tuviera de huésped al demonio.
Las tenazas candentes también me venían a la memoria en mis sueños sin poder desecharlas. Mientras estaba medio dormido y medio despierto me parecía que continuaban todavía rojas y que acababa de cogerlas para atravesarle con ellas el cuerpo. Esta idea me perseguía de tal modo que, aunque sabía que no tenía ninguna solidez, me deslizaba en la habitación de al lado para tener la seguridad de que estaba allí, en efecto, tendido, con las piernas extendidas hasta el otro extremo de la habitación, y roncando. Debía estar constipado, y dormía con la boca abierta como un hurón; en fin, era, en realidad, muchísimo más horrible de lo que mi imaginación enferma se figuraba, y mi asco mismo hacía que me atrajera y me obligaba a volver poco más o menos cada media hora para mirarle.
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