David Copperfield (Charles Dickens) - pág.283
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Me di cuenta a tiempo de que su rostro respiraba la confianza en el poder que tenía entre las manos, y aquella observación contribuyó más que todo lo demás, más que todos los esfuerzos que hubiera podido hacer, a recordarme la súplica de Agnes en toda su fuerza, y le pregunté, con una apariencia de tranquilidad que no me habría creído capaz un momento antes, si había comunicado sus sentimientos a Agnes.
-¡Oh no, míster Copperfield! -me contestó-. ¡Dios mío, no; no he hablado de esto a nadie más que a usted! Usted comprenderá que empiezo a salir apenas de la humildad de mi situación, y fundo en parte mi esperanza en los servicios que me verá hacer a su padre, pues espero serle muy útil, míster Copperfield. Ella verá cómo le facilito las cosas a ese buen hombre para mantenerle en el buen camino. Ama tanto a su padre, míster Copperfield (¡y qué bella cualidad en una muchacha!), que espero que quizá llegue; por afecto a él, a tener alguna bondad conmigo.
Sondeaba la profundidad de su proyecto y comprendía por qué me lo confiaba.
-Si usted tuviera la bondad de guardarme el secreto, míster Copperfield -prosiguió- y sobre todo de no ir en contra mía, se lo agradecería como un favor enorme. Usted no querría causarme molestias. Estoy convencido de la bondad de su corazón; pero como me ha conocido usted en una situación tan humilde (en la más humilde de las situaciones debiera decir, pues todavía es muy humilde), podría, sin querer, perjudicarme un poco respecto de mi Agnes. La llamo mía ¿sabe usted, míster Copperfield? porque hay una canción que dice: La llamaré mía... Y espero hacerlo pronto.
¡Querida Agnes! Ella, para quien no conocía yo a nadie digno de su corazón, tan amante y tan bueno, ¿era posible que estuviera destinada a ser la mujer de semejante ser?
-Por el momento no hay que apresurarse, ¿sabe usted, míster Copperfield? -continuo Uriah, mientras yo le veía retorcerse ante mí con aquellos pensamientos-. Mi Agnes es muy joven todavía, y mi madre y yo tenemos mucho camino que recorrer y muchas determinaciones que tomar antes de que eso sea por completo conveniente. Por lo tanto, habrá tiempo para familiarizarla con mis esperanzas a medida que se presenten las ocasiones. ¡Oh y cómo le agradezco su confianza! ¡Oh!, no sabe usted, no puede saber toda la tranquilidad que siento al pensar que comprende usted nuestra situación y que no querna perjudicanne con la familia llevándome la contraria.
Me cogió la mano, sin que yo me atreviera a negársela, y después de estrecharla en su «pata húmeda» miró el pálido cuadrante de un reloj.
-¡Dios mío! -dijo-, más de la una. El tiempo pasa tan deprisa en las confidencias entre antiguos amigos, míster Copperfield, que es casi la una y media.
Le respondí que creía que era más tarde, no porque lo creyera realmente, sino porque estaba harto y ya no sabía lo que decía.
-Dios mío -dijo reflexionando-; en la casa en que paro, una especie de hotel particular, cerca de New River, estará todo el mundo en la cama hace dos horas, míster Copperfield.
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