David Copperfield (Charles Dickens) - pág.282
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Si hubiera sido condenado a verle apretar con su horrible pie la cabeza de míster Wickfield creo que no habría podido odiarle más.
-Sí, sí, querido míster Copperfield-dijo en un tono que formaba el contraste más chocante con la presión de su mano-, no hay duda. Habría sido su ruina, su deshonor; no sé qué habría sido, y míster Wickfield no lo ignora. Yo soy el humilde instrumento destinado a servirle humildemente y él me ha elevado a una situación que yo no me habría atrevido a esperar nunca. ¡Cuánto tengo que agradecerle!
Su rostro estaba vuelto hacia mí, pero no me miraba; quitó su mano de la mesa y frotó lentamente, con aire pensativo, su mandíbula descarnada, como si se afeitase.
Recuerdo la indignación que sentía al ver la expresión de aquel rostro astuto, que a la luz rója de la llama se preparaba a decir alguna cosa más.
-Míster Copperfield -me dijo-, ¿no le estaré entreteniendo?
-No es usted quien me entretiene; me acuesto siempre tarde.
-Gracias, míster Copperfield. He subido algunos grados en mi humilde situación desde los tiempos en que usted me conoció, es verdad; pero sigo lo mismo de humilde. Y espero serlo siempre. ¿No dudará usted de mi humildad si le hago una pequeña confidencia, míster Copperfield?
-¡Oh, no! -dije con esfuerzo.
-Gracias.
Sacó su pañuelo del bolsillo y empezó a restregarse las palmas de las manos.
-Miss Agnes, míster Copperfield...
-¿Sí, Uriah?
-¡Oh, qué alegría oírle llamarme Uriah espontáneamente! -exclamó dando un salto casi convulsivo-. ¿La ha encontrado usted muy bella esta noche, míster Copperfield?
-La he encontrado, como siempre, superior en todos los conceptos a cuantos la rodeaban.
-¡Oh, gracias! Es la verdad; muchas gracias por ello.
-Nada de eso -respondí con altanería-; no hay motivo para que me dé usted las gracias.
-Es que, míster Copperfield, la confidencia que voy a tomarme la libertad de hacerle se refiere a ella. Por humilde que yo sea (y frotaba sus manos más enérgicamente, mirándolas de cerca, y déspués mirando el fuego); por humilde que sea mi madre; por modesto que sea nuestro pobre hogar, no tengo inconveniente en confiarle mi secreto. Míster Copperfield, siempre he sentido ternura por usted desde el momento en que tuve la alegría de verle por primera vez en el coche. La imagen de miss Agnes habita en mi corazón desde hace muchos años. ¡Oh, míster Copperfield, si supiera usted el afecto tan puro que me inspira! ¡Besaría las huellas de sus pasos!
Creo que tuve por un momento la loca idea de coger de la chimenea las tenazas candentes y de correr tras de él; pero volvió a salir de mi cabeza como la bala del rifle; sin embargo, la imagen de Agnes ultrajada por la innóble audacia de los pensamientos de aquel animal rojo permanecía en mi pensamiento todo el tiempo mientras le miraba, sentado retorciéndose como si su alma hiciera daño a su cuerpo, y me daba vértigo. Me parecía que se agrandaba y se hinchaba ante mis ojos y que la habitación resonaba con los ecos de su voz; y el extraño sentimiento (que quizá no es extraño a todos) de que aquello había sucedido ya antes en un tiempo indefinido y que sabía de antemano lo que iba a decirme, se apoderó de mí.
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