David Copperfield (Charles Dickens) - pág.281
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¡Qué hombre tan excelente, míster Copperfield; pero cuántas imprudencias ha cometido!
-Me apena mucho lo que me dice -le contesté, y no pude por menos de añadir significativamente-: me apena en todos los sentidos.
-Ciertamente, míster Copperfield -replicó Uriah-, en todos los sentidos. Y sobre todo a causa de miss Agnes. Usted no se acordará de su elocuente expresión, míster Copperfield; pero yo la recuerdo muy bien, cuando me dijo usted un día que todo el mundo debía de admirarla, y cómo le di yo las gracias por ello. Pero usted lo ha olvidado, no me cabe duda, míster Copperfield.
-No -dije secamente.
-¡Oh, cómo me alegro -exclamó Uriah- cuando pienso que es usted el primero que encendió una chispa de ambición en mi humilde persona, y que no lo ha olvidado! ¡Oh! ¿Me permite usted pedirle otra taza de café?
Había algo en el énfasis que había puesto al recordar «las chispas» que yo había encendido, algo en la mirada que me había lanzado al hablar de ello, que me hizo estremecer como si le hubiera visto de pronto el pensamiento al descubierto. Vuelto a la realidad por la pregunta que me hacía en un tono tan diferente, hice los honores del puchero de estaño, pero con una mano tan temblorosa, con un sentimiento tan repentino de mi impotencia para luchar contra él, y con tanta inquietud por lo que podría llegar a suceder, que estaba seguro de que se daba cuenta.
No decía nada; movía su café y bebía un traguito; después se acariciaba la barbilla con su mano descarnada, miraba al fuego, lanzaba una ojeada a la habitación, me hacía una mueca que quería ser una sonrisa, se retorcía de nuevo en su deferencia servil, movía y bebía el café de nuevo, y me dejaba que fuera yo quien reanudase la conversación.
-Así -le dije por último-, míster Wickfield, que vale más que quinientos como usted... o como yo (ni por mi vida creo que habría podido dejar de interrumpir aquella parte de la frase con un gesto de impaciencia), ¿ha cometido imprudencias, míster Heep?
-¡Oh! Muchísimas imprudencias, señorito Copperfield -repuso Uriah suspirando con modestia-, muchísimas, muchísima. Pero haga el favor de llamarme Uriah; ¡que sea como en otros tiempos.
-Bien, Uriah -dije pronunciando el nombre con alguna dificultad.
-Gracias -contestó él con calor-, muchas gracias, señorito Copperfield. Me parece sentir la brisa y oír las campanas como en los días de mi juventud cuando le oigo llamarme Uriah. Pero ¡perdón! ¿Qué estaba yo diciendo?
-Hablaba usted de míster Wickfield.
-¡Ah, sí, es verdad! -contestó-. ¡Grandes imprudencias, míster Copperfield! Es un asunto al que no haría alusión delante de otra persona que no fuera usted. Y hasta con usted sólo puedo hacer una ligera alusión. Si cualquiera que no fuera yo hubiera estado en mi lugar desde hace unos años, en este momento tendría a míster Wickfield (¡oh, y es un hombre de valor, sin embargo, míster Copperfield!) le tendría en sus manos. «En sus manos» -dijo Uriah muy despacio y apretando sus manos de tal modo que la mesa y la habitación temblaron.
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