David Copperfield (Charles Dickens) - pág.280
Indice General
|
Volver
Página 280 de 653
Cuando encendí la luz cayó en arrebatos de admiración ante mis habitaciones; y cuando hice el café en un sencillo cacharro de estaño, que a mistress Crupp le gustaba muy particularmente para aquel use (quizá porque no estaba hecho para eso, sino para calentar el agua de afeitarse, y quizá porque había una cafetera de gran precio oxidándose en la despensa), manifestó tal emoción, que tuve gams de vertérsela en la cabeza para escaldarle.
-¡Oh!, de verdad, señorito Copperfield..., quiero decir mister Copperfield -dijo Uriah-, verle sirviéndome es lo que menos me habría podido figurar nunca. Pero de un lado y de otro me suceden tantas cosas que nunca habría podido esperarme, dado lo humilde de mi situación, que me parece que las bendiciones llueven sobre mi cabeza. Quizá ha oído usted hablar de un cambio en mi porvenir, señorito Copperfield, ¡perdón!, quería decir mister Copperfield.
Al verle sentado en mi sofá, con sus largas piernas juntas sosteniendo la taza, con el sombrero y los guantes en el suelo, a su lado, y moviendo suavemente el azúcar; al verle con sus ojos de un rojo vivo, que parecían tener quemadas las pestañas, y las aletas de su nariz dilatándose y cerrándose como siempre cada vez que respiraba, y las ondulaciones de serpiente que corrían a lo largo de su cuerpo desde la barbilla hasta las botas, pensé que me era soberanamente antipático. Sentía verdadero malestar al verle en mi casa, y como era joven todavía, no tenía la costumbre de ocultar lo que sentía vivamente.
-Digo que habrá oído usted hablar con seguridad de un cambio en mi porvenir, señorito Copperfield, quería decir mister Copperfield -repitió Uriah.
-Sí, he oído hablar.
-¡Ah! -respondió con tranquilidad-. Ya me figuraba yo que miss Agnes lo sabía; me alegro mucho de saber que miss Agnes esté enterada. Gracias, señorito... míster Copperfield.
Tuve que contenerme para no tirarle a la cabeza mi calzador, que estaba allí al lado delante de la chimenea, para castigarle por haberme sonsacado un dato concerniente a Agnes, por insignificante que fuera; pero me contenté con beberme el café.
-¡Qué buen profeta fue usted, míster Copperfield! -prosiguió Uriah-. Sí, amigo mío, ¡qué buen profeta ha sido usted! ¿No se acuerda cuando me dijo por primera vez que quizá llegara a ser asociado en los negocios de míster Wickfield y que entonces se llamaría Wickfield y Heep? Usted quizá no lo recuerde; pero cuando una persona es humilde, señorito Copperfield, conserva esos recuerdos como tesoros.
-Recuerdo haber hablado de ello -dije-, aunque, en realidad, no me parecía nada probable entonces.
-¿Y quién habría podido creerlo probable, míster Copperfield? -dijo Uriah con entusiasmo-. No sería yo. Recuerdo haberle dicho yo mismo en aquella ocasión que mi situación era demasiado humilde; y le decía verdaderamente lo que sentía.
Miraba al fuego con una mueca de poseído, y yo le miraba a él.
-Pero los individuos más humildes, señorito Copperfield, pueden servir de instrumento para hacer el bien. Yo, por ejemplo, me considero muy dichoso por haber podido servir de instrumento a la felicidad de míster Wickfield y espero poderle ser más útil todavía.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
251
252
253
254
255
256
257
258
259
260
261
262
263
264
265
266
267
268
269
270
271
272
273
274
275
276
277
278
279
280
281
282
283
284
285
286
287
288
289
290
291
292
293
294
295
296
297
298
299
300
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-500
501-550
551-600
601-650
651-653
|