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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.279

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Traddles se vio obligado a dejarnos temprano, pues partía a la mañana siguiente (para estar ausente un mes), de manera que no pude hablar con él todo lo que habría querido; pero nos prometimos, cambiando nuestras direcciones, proporcionarnos el gusto de vernos en cuanto él estuviera de vuelta en Londres. Se interesó mucho cuando supo que yo había encontrado a Steerforth y habló de él con tal entusiasmo, que le hice repetir delante de Agnes lo que pensaba; pero Agnes se contentó con mirarme y mover un poco la cabeza cuando estuvo segura de que sólo la veía yo.
Como estaba rodeada de gentes con las que no me parecía que podia estar muy a sus anchas casi me alegré cuando le oí decir que sólo podía continuar en Londres pocos días, a pesar de mi pena por perderla. La idea de aquella separación próxima me animó a quedarme hasta el fin de la velada. Charlando con ella y oyendo su voz, que me recordaba toda la felicidad de mi vida en la vieja y grave casa que ella embellecía, habría podido continuar toda la noche; pero no habiendo excusa para permanecer allí cuando empezaron a apagar las luces, me vi obligado a marcharme, aunque muy en contra de mi voluntad. Entonces me di cuenta más que nunca de que era mi ángel bueno, y si al pensar en su dulce rostro y plácida sonrisa me parecían que eran los de un ángel que brillaba sobre mí, espero que me lo perdonará.
He dicho que todo el mundo se había retirado; pero debía haber exceptuado a Uriah, a quien no he incluido en esa denominación y que no se había alejado de nosotros en toda la noche. Bajó tras de mí las escaleras y salió poniéndose muy despacio en sus dedos de esqueleto los dedos todavía más largos de sus guantes, que precían de un gran Guy Fawkes.
No me apetecía nada la compañía de Uriah; pero, recordando la súplica de Agnes, le pregunté si quería acompañarme a casa y tomar conmigo una taza de café.
-¡Oh!, ¿de verdad?, señorito Copperfield; dispénseme, míster Copperfield -me contestó-; pero el llamarle del otro modo me viene tan naturalmente...; no querría de ningún modo molestarle haciéndole llevar a su casa a una persona tan humilde como yo.
-No me molesta nada -contesté-. ¿Quiere usted venir?
-Tendré muchísimo gusto -contestó Uriah retorciéndose.
-Bien, entonces vamos -dije yo.
No podía por menos de estar con él algo brusco; pero no parecía darse cuenta. Tomamos el camino más corto, sin hablar gran cosa en el trayecto, pues él llevó su humildad hasta el extremo de tardar en ponerse los guantes todo el camino.
La escalera estaba oscura, y le agarré de la mano para evitar que se diera un golpe; me parecía que había agarrado a un sapo, tan fría y húmeda la tenía; tanto, que estuve a punto de soltarla y huir. Agnes y la hospitalidad prevalecieron, sin embargo, y le conduje ante mi chimenea.


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