David Copperfield (Charles Dickens) - pág.277
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Míster Waterbrook ofreció su brazo a la tía de Hamlet; mister Henry Spiker, el suyo a mistress Waterbrook; Agnes, a quien yo tenía deseos de reclamar, fue confiada a un señor sonriente que tenía las piernas muy delgadas. Uriah, Traddles y yo, en nuestra categoría de juventud, bajamos los últimos sin ninguna ceremonia. De la contrariedad de no haber dado el brazo a Agnes me compensó el encontrar ocasión en la escalera de reanudar la amistad con Traddles, que se alegró mucho de verme, mientras Uriah se retorcía a nuestro lado con una humildad y una satisfacción tan indiscretas, que yo tenía ganas de tirarle por el hueco de la escalera.
Traddles y yo, en la mesa, acabamos cada uno en un rincón opuesto; él estaba perdido en el brillo deslumbrante de un traje de terciopelo rojo, y yo en el luto de la tía de Hamlet. La comida fue muy larga y la conversación giró por completo sobre la aristocracia de nacimiento, sobre lo que se llama « la sangre». Mistress Waterbrook nos repitió varias veces que ella, si tenía alguna debilidad, era por « la sangre».
En varias ocasiones pensé que habríamos estado mucho mejor siendo menos amables. Éramos tan exageradamente amables, que el círculo de la conversación resultaba muy limitado. Entre los invitados había un mister y mistress Gulpidge que tenían algo que ver (míster Gulpidge por lo menos), aunque no directamente, con los asuntos legales de la Banca; y entre la Banca y la Tesorería estábamos tan exclusivistas como la circular de la Cámara que no sabe salir de ahí. Para añadir atractivo a la cosa, la tía de Hamlet tenía el defecto de su familia, y se dedicaba constantemente a soliloquios sin ilación sobre todos los asuntos a que se aludía. A decir verdad, eran muy poco numerosos; pero como siempre recaían sobre «la sangre», tenía un campo casi tan vasto para sus especulaciones abstractas como su sobrino.
Parecíamos una partida de ogros; tan sangriento era el tono de la conversación.
-Confieso que soy de la opinión de mistress Waterbrook -dijo míster Waterbrook levantando el vaso de vino hasta los ojos- Hay muchas cosas que están bien en su estilo, pero a mí denme « la sangre».
-¡Ohl No hay nada -observó la tía de Hamlet- tan satisfactorio, nada que se acerque más al bello ideal... de toda esta clase de cosas, hablando en general. Hay algunos espíritus vulgares (no muchos, me gusta creer, pero algunos) que prefieren postrarse ante lo que podríamos llamar ídolos, positivamente ídolos. Ante grandes servicios recibidos o grandes inteligencias. Pero eso son puntos intangibles; « la sangre» no lo es. Si vemos sangre en una nariz, la reconocemos; la vemos en una barbilla, y decimos: « Ahí está, eso es sangre» ; es una cosa positiva, se puede tocar, y no admite dudas.
El caballero sonriente de las piernas delgadas que había dado el brazo a Agnes planteó la cuestión de una manera todavía más rotunda, según me pareció.
-¿Saben ustedes? -dijo aquel señor mirando a su alrededor con una sonrisa imbécil- « La sangre» es una cosa que no podemos deshacer; existe quieran o no.
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