David Copperfield (Charles Dickens) - pág.276
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¿Será Tomy, pensaba, aquel que dibujaba tantos esqueletos?
Esperé la entrada de míster Traddles con renovado interés. Y vi a un joven tranquilo, de aspecto grave y modales modestos, con los cabellos tiesos de un modo grotesco y los ojos grises demasiado abiertos; desapareció tan pronto en un rincón oscuro que me costó trabajo examinarlo. Por último, pude verle mejor, y, o mis ojos se engañaban mucho, o era mi antiguo y desgraciado Tomy.
Me acerqué a míster Waterbrook para decirle que me parecía tener el gusto de encontrar en su casa a un antiguo compañero.
-¿De verdad? -dijo míster Waterbrook, sorprendido-. Es usted demasiado joven para haber ido al colegio con míster Henry Spiker.
-¡Oh! No me refiero a él -respondí, Hablo de un caballero que se llama Traddles.
-¡Ah, sí, sí! -dijo mi anfitrión con mucho menos interés-. Es posible.
-Si es realmente la misma persona -dije mirando hacia Traddles-, hemos estado juntos en un colegio que se llamaba Salem-House; era un excelente muchacho.
-¡Oh, sí! Traddles es un buen muchacho -aprobó mi anfitrión, moviendo la cabeza con condescendencia-, Traddles es muy buen muchacho.
-En realidad, es una coincidencia muy curiosa.
-Tanto más porque está aquí por casualidad; ha sido invitado hoy por la mañana porque había un sitio de más en la mesa a consecuencia de la indisposición del padre de míster Spiker. Es un hombre muy bien educado el padre de míster Spiker, míster Copperfield.
Murmuré algunas palabras de asentimiento muy caluroso y verdaderamente meritorias por parte de un hombre que, como yo, nunca había oído hablar de él; y después pregunté cuál era la profesión de míster Traddles.
-Traddles -dijo míster Waterbrook- estudia para el foro; es muy buen muchacho, incapaz de hacer daño a nadie, de no ser a sí mismo.
-¿Y qué daño puede hacerse a sí mismo? -pregunté, contrariado por aquella noticia.
-Ya sabe usted -repuso míster Waterbrook haciendo un gesto y jugando con la cadena de su reloj con un aire de superioridad casi impertinente, No creo que llegue nunca a nada. Estoy seguro, por ejemplo, de que nunca reunirá quinientas libras. Traddles me ha sido recomendado por uno de mis amigos de la profesión. ¡Ah, sí, sí! Ya lo creo que tiene talento para estudiar una causa y exponer claramente una cuestión por escrito; pero eso es todo. Yo tengo el gusto de cederle de vez en cuando algún asunto que para él no deja de tener importancia... ¡Ah, sí, sí!
Me chocaba mucho el aplomo con que mister Waterbrook pronunciaba de vez en cuando la expresión «sí, sí». El énfasis que ponía en ella era extraño: daba la impresión de un hombre que había nacido, no, como se dice vulgarmente, con una cucharilla de plata, sino con una escala, y que había subido uno tras otro todos los escalones de la vida, hasta que había podido lanzar desde lo alto de la fortaleza una mirada de filósofo y de superioridad sobre el pueblo que estaba en las trincheras.
Continuaba reflexionando sobre este asunto cuando anunciaron la comida.
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