David Copperfield (Charles Dickens) - pág.271
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¿Qué más puedo decir en su favor? Iré a las cuatro. Con mucho cariño y arrepentimiento,
T. C.»
Con esta misiva (que tan pronto como estuvo fuera de mis manos deseé recobrarla) partió, por último, el muchacho.
Si el día fuera la mitad de penoso para cualquiera de los profesionales empleados en el Tribunal de Doctores que lo fue para mí, creo sinceramente que expiarían con crueldad la parte que les toca de aquel viejo y rancio queso eclesiástico. Dejé la oficina a las tres y media; algunos minutos después vagaba por los alrededores de la casa de míster Waterbrook. Sin embargo, la hora fijada para mi cita había pasado hacía un cuarto de hora, según el reloj de Saint Andrew Hilborn, antes de que yo hubiera reunido el valor suficiente para llamar a la campanilla particular, a la izquierda de la puerta de míster Waterbrook.
Los negocios profesionales de míster Waterbrook se hacían en el piso bajo, y los de un orden más elevado (que eran muchos), en el primer piso. Me hicieron entrar en un bonito salón, un poco ahogado, donde encontré a Agnes haciendo punto.
Tenía una expresión tan serena y tan buena y me recordó tan vivamente los días de fresca y dulce inocencia que había pasado en Canterbury, en contraste con el miserable espectáculo de borrachera y vicio que le había presentado yo la antevíspera que, dejándome llevar de mi arrepentimiento y de mi vergüenza, me porté como un niño. Sí; tengo que confesarlo: me deshice en lágrimas, y todavía ahora no sé si al fin y al cabo fue lo mejor que podía haber hecho, o si me puse en ridículo.
-Si hubiera sido cualquier otra persona la que me hubiese visto en aquel estado, Agnes -le dije, evitando mirarla-, no estaría ni la mitad de afligido; pero que fueras tú, ¡precisamente tú! ¡Ah! ¡Habría preferido morirme!
Ella puso un instante su mano sobre mi brazo, y a aquel contacto me sentí consolado y animado y no pude por menos de llevar aquella mano a mis labios y besarla con agradecimiento.
-Siéntate y no te desesperes -dijo Agnes en tono cariñoso-. No te desesperes, Trotwood; si no puedes tener en mí completa confianza, ¿en quién vas a tenerla?
-¡Ah, Agnes! -contesté-. ¡Eres mi ángel bueno!
Ella sonrió casi con tristeza, y movió la cabeza.
-Sí, Agnes, mi ángel bueno, siempre mi ángel bueno.
-Si fuera eso verdad, Trotwood -repuso-,hay una cosa que le gustaría mucho a mi corazón.
La miré interrogando; pero figurándome lo que iba a decir.
-Me gustaría prevenirte contra tu ángel malo -me dijo mirándome con fijeza.
-Mi querida Agnes -empecé-, si te refieres a Steerforth...
-Precisamente, Trotwood -me contestó.
-Entonces, Agnes, te equivocas mucho. ¿Él ser mi ángel malo, ni el de nadie? Steerforth es para mí un guía, un apoyo, un amigo. Mi querida Agnes, sería una injusticia indigna de tu carácter benévolo juzgarle por el estado en que me has visto la otra noche.
-No le juzgo por el estado en que te vi la otra noche -replicó tranquilamente.
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