David Copperfield (Charles Dickens) - pág.270
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¡Qué noche cuando mistress Crupp vino a llevarse la taza de caldo y me trajo, en un plato, un riñón, un solo riñón, como único resto (según decía) del festín de la víspera. Estuve a punto de caer sobre su seno de nanquín y de exclamar en mi arrepentimiento sincero: «¡Oh mistress Crupp, mistress Crupp; no me hable de los restos, que soy muy desgraciado!».
Lo que únicamente me detuvo en aquel impulso del corazón fue que no estaba muy seguro de que mistress Crupp fuera precisamente la mujer en quien poder depositar la confianza.
CAPÍTULO V
EL ANGEL BUENO Y EL ANGEL MALO
A la mañana siguiente de aquel deplorable día de dolor de cabeza, de mareos y de arrepentimiento, iba a salir, sin acordarme ya bien de la fecha del festín, como si un escuadrón de titanes hubiera lanzado la antevíspera en un pasado de muchos meses, cuando vi a un muchacho que subía con una carta en la mano. No se daba mucha prisa para ejecutar su misión; pero cuando me vio mirarle desde lo alto de la escalera por encima de la barandilla echó a correr y llegó a mi lado tan sofocado como si llevara muchas horas sin parar.
-¿Míster T. Copperfield? -dijo tocándose el sombrero.
Estaba tan emocionado por la convicción de que aquella carta era de Agnes, que apenas podía contestar que era yo. Terminé, sin embargo, por decide que yo era míster T. Copperfield, y no puso ninguna dificultad en creerme.
-Aquí está la carta, y espero contestación.
Lo dejé en el descansillo de la escalera y cerré la puerta al volver a entrar en casa; estaba tan conmovido, que me vi obligado a dejar la carta encima de la mesa al lado del desayuno para familiarizarme un poco con la letra antes de decidirme a romper el sobre.
A1 leerla vi que era una carta muy cariñosa y que no hacía ninguna alusión al estado en que me había encontrado la antevíspera en el teatro. Decía únicamente:
«Mi querido Trotwood:
»Estoy en casa del apoderado de papá, míster Waterbrook, en Ely-place, Holborn. ¿Puedes venir a verme hoy? Estaré a la hora que me digas.
»Siempre tu afectuosa,
AGNES.»
Tardé tanto en escribir una respuesta que me satisficiera algo, que no sé lo que el muchacho creería. Estoy seguro de que hice lo menos media docena de borradores: Uno empezaba: «¿Cómo puedo esperar, mi querida Agnes, borrar nunca de tu memoria la impresión de asco...». Al llegar ahí no estaba satisfecho y la rompí. Otra empezaba: «Ya Shakespeare hizo la observación, mi querida Agnes, de lo extraño que era que un hombre pueda meter a su propio enemigo en su boca...» . Pero ese hombre indefinido me recordó a Markhan, y no continué. Traté de hacer hasta poesía. Empecé una de seis sílabas: «¡Oh, no recordemos!» ...; pero aquello se parecía al « 15 de noviembre», y me pareció un absurdo. Después de muchas tentativas escribí:
«Mi querida Agnes:
Tu carta es como tú.
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