David Copperfield (Charles Dickens) - pág.269
Indice General
|
Volver
Página 269 de 653
¡Dios mío, Agnes!
-¡Chsss!, te lo ruego -me respondió sin que yo pudiera comprender por qué- Molestas a la gente; mira a la escena.
Traté, según me ordenaban, de ver y oír algo de lo que sucedía; pero fue inútil. La miré de nuevo y la vi ocultarse en un rincón y apoyar la frente en su mano enguantada.
-Agnes -le dije-, me parece que no estás bien.
-Sí, sí; no te preocupes por mí, Trotwood -replicó ella-; escúchame: ¿te vas a marchar pronto?
-¿Si me marcho pronto? -repetí.
-Sí.
Tuve la estúpida intención de contestar que la esperaría para darle el brazo en las escaleras, y supongo que debí decirle algo, pues después de mirarme atentamente un momento pareció comprender y replicó en voz baja:
-Sé que harás lo que te pida, si te digo que me interesa mucho. Vete ahora mismo, Trotwood, por cariño a mí; ruega a tus amigos que te acompañen a tu casa.
Su presencia había producido ya bastante efecto sobre mí para que me sintiera avergonzado a pesar de mi cólera, y con un corto «buesches» (que quería decir buenas noches) me levanté y salí. Steerforth me siguió, y me pareció que no había dado más que un paso desde la puerta del palco a la de mi habitación, donde me encontré solo con él. Me ayudó a desnudarme, mientras yo le decía, alternativamente, que Agnes era mi hermana y que le rogaba que me trajera el sacacorchos para abrir otra botella.
Alguien pasó la noche en mi cama diciendo y haciendo sin cesar las mismas cosas, en un sueño febril; la cama parecía un mar agitado, que no se calmaba nunca. Después, cuando poco a poco fui encontrándome a mí mismo, empecé a sentirme la garganta seca, la piel ardorosa, y me parecía que mi lengua era el fondo de un puchero vacío que se estuviese calentando a fuego lento y que las palmas de mis manos eran dos planchas de metal ardiendo que ni el hielo podrían refrescar.
¡Qué agonía de espanto, qué remordimiento, qué vergüenza sentí cuando recobré conciencia al día siguiente! ¡Qué horror pensar las mil tonterías que habría cometido sin darme cuenta y que ya no podría reparar nunca! ¡El recuerdo de aquella inolvidable mirada de Agnes; la imposibilidad en que me encontraba de tener una explicación con ella, puesto que ni siquiera sabía (era un animal) ni por qué había venido a Londres ni dónde paraba; el asco que me causaba la vista de la habitación en que había tenido lugar el festín; el olor del tabaco; los vasos todavía sucios; el dolor de cabeza que tenía, que me impedía salir y casi levantarme! ¡Qué día!
Y ¡qué noche cuando, sentado al lado del fuego, saboreando lentamente una taza de caldo de cordero cubierta de grasa, pensaba que tomaba el mismo camino que mi predecesor y que le sucedería en su triste suerte igual que en su habitación! ¡Tenía muchas ganas de irme corriendo a Dover con mi tía para hacer confesión general!
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
251
252
253
254
255
256
257
258
259
260
261
262
263
264
265
266
267
268
269
270
271
272
273
274
275
276
277
278
279
280
281
282
283
284
285
286
287
288
289
290
291
292
293
294
295
296
297
298
299
300
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-500
501-550
551-600
601-650
651-653
|