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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.268

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Alguien me dice: «Vamos al teatro, Copperfield». Ya no veo la alcoba, sólo veo la mesa cubierta de vasos; la lámpara; Grainger a mi derecha, Markhan a mi izquierda, y Steerforth enfrente, todos sentados como en una niebla lejana. « ¿Al teatro? ¡Sin duda! ¡Eso es! ¡Vamos! Dispensadme si salgo el último para apagar la luz; no sea que cause un incendio.»
Sin duda a causa de alguna confusión en la oscuridad, la puerta había desaparecido y yo la buscaba en las cortinas de la ventana, cuando Steerforth, riendo, me agarró de un brazo y me sacó fuera. Bajamos las escaleras uno tras otro. Cerca del final, alguien se cayó y rodó hasta el portal. Alguien dijo que había sido Copperfield. Yo estaba indignado de aquella falsa noticia, hasta el momento en que, encontrándome en el suelo, empecé a creer que quizá tenía algún fundamento aquella suposición.
Era una noche de niebla espesa, con grandes aureolas alrededor de los faroles de la calle. Oí decir vagamente que llovía; pero a mí me parecía que helaba. Steerforth me sacudió un poco debajo de un farol, me puso el sombrero, que alguien había sacado de no sé dónde ni cómo, pues antes no lo tenía, y me preguntó: « ¿Cómo lo encuentras, Copperfield?», y yo le respondí: « Mejor que nunca».
Un hombre embutido en una taquilla apareció tras la niebla y recibió dinero de alguien, al mismo tiempo que preguntaba si habían pagado por mí; pareció dudar (a lo que puedo recordar de aquel instante rápido como un relámpago) si dejarme entrar o no, y un momento después estábamos sentados en lo alto de un teatro asfixiante. Nos asomamos al patio de butacas, que parecía echar humo; la gente amontonada allí se confundía a mis ojos. Había también un gran escenario, que parecía muy limpio y muy brillante cuando se venía de la calle, y además había gente que se paseaba y hablaba en él de algo, pero de una manera confusa. Había mucha luz, música, señoras en los palcos, y no sé qué más. Me parecía que todo el edificio tomaba una lección de natación al ver las oscilaciones extrañas con que todo se me escapaba cuando trataba de fijar la vista.
Ante la proposición de alguien, decidimos bajar a los primeros palcos, donde estaban las señoras. Vi a un señor vestido de etiqueta echado en un diván con los gemelos en la mano, y me vi también a mí mismo de pie ante un espejo.
Me introdujeron en un palco, donde me di cuenta de que hablaba mientras me sentaba, y que a mi alrededor gritaban: «¡Silencio!» a alguien; vi que las señoras me lanzaban miradas de indignación y... ¿qué?... ¡Sí!... Agnes, sentada delante de mí en el mismo palco, al lado de un señor y de una señora que yo no conocía. Ahora veo su rostro seguramente mucho mejor que cuando lo vi entonces, volverse hacia mí con una expresión inolvidable de asombro y pena.
-¡Agnes! -dije temblando-.


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