David Copperfield (Charles Dickens) - pág.267
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Continuaba haciendo circular el vino cada vez más deprisa, descorchando botellas continuamente y antes de que fuera necesario. Propuse brindar a la salud de Steerforth. Dije que era mi más querido amigo, el protector de mi infancia y el compañero de mi juventud. Dije que estaba encantado de poder brindar por su salud; dije que tenía con él más obligaciones de las que podría nunca cumplir, y que sentía una admiración que no podría expresar, y terminé diciendo:
-A la salud de Steerforth, y que Dios le bendiga. ¡Viva!
Bebimos tres veces tres vasos, y después otra vez, y después otra para terminar. Al dar la vuelta a la mesa para it a estrecharle la mano, rompí mi vaso y le dije (en dos palabras):
-Steerforth, tú eres la estrella que guías mi existencia.
Seguimos bebiendo, y de pronto me di cuenta de que alguien estaba a la mitad de una canción: era Markhan, que cantaba «cuando el corazón de un hombre está deprimido por las preocupaciones » . Cuando terminó de cantar, les propuso brindar por « la mujer». No me gustó y no quise consentirlo; le dije que no era respetuoso el brindis propuesto, y que en mi casa yo no permitía que se brindara y bebiera si no era «por las señoras». Estuve muy arrogante con él, principalmente porque me pareció que Steerforth y Grainger se reían de mí (o de él, o de los dos). Él me contestó que un hombre no se dejaba dar lecciones. Yo le dije que, en efecto, así debía ser. Él repuso que un hombre no se dejaba insultar, y yo le contesté que tenía razón, y que nunca bajo mi techo podría temer semejante cosa, pues allí los lares eran sagrados y las leyes de la hospitalidad omnipotentes. Grainger contestó que no era claudicación para la dignidad de su honor el reconocer que yo era un muchacho encantador. Al momento propuse beber a su salud.
Alguien fumaba, y todos nos pusimos a fumar; yo también, a pesar de lo que me repugnaba. Steerforth había pronunciado un discurso en mi honor, durante el cual me había conmovido casi hasta llorar. Le respondí expresando el deseo de que la presente sociedad comiera conmigo al día siguiente, y al otro, y todos los demás, a las cinco, con objeto de gozar de su compañía y de su conversación toda la velada. Me sentí obligado a un brindis individual, y propuse beber a la salud de mi tía «miss Betsey Trotwood, el honor de su sexo».
Después, alguien se inclinaba por la ventana de mi alcoba y apoyaba su frente ardorosa contra las piedras de la balaustrada, recibiendo el viento en el rostro: era yo. Me dirigía a mí mismo, llamándome Copperfield y me decía: « ¿Por qué has fumado? Ya sabes que no puedes hacerlo». Después alguien que no está muy seguro sobre sus piernas se mira al espejo. También soy yo. Me encuentro muy pálido; con la mirada vaga y los cabellos (sólo los cabellos) que parecen borrachos.
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