David Copperfield (Charles Dickens) - pág.266
Indice General
|
Volver
Página 266 de 653
Esto, mistress Crupp, al cabo de muchas dificultades, consintió en calentarlo; pero disminuyó tanto al hacerse líquido, que nos pareció, como decía Steerforth, bastante escasito para nosotros cuatro. Terminados estos preparativos felizmente compré un postrecito en el mercado de Covent Garden a hice un encargo bastante considerable en una tienda de vinos de la vecindad. Cuando volví a casa por la tarde y vi las botellas alineadas en escuadra en el suelo de la despensa, me parecieron tantas (aunque se habían perdido dos, con gran descontento de mistress Crupp) que me asusté.
Uno de los amigos de Steerforth se llamaba Grainger, y el otro, Markhan. Eran ambos muy alegres y joviales; Grainger, algo mayor que Steerforth; Markhan parecía más joven, no representaba más de veinte años. Observé que este último hablaba siempre de sí mismo como de «un hombre», y no empleaba casi nunca la primera persona del singular.
-Uno podría vivir aquí muy bien, míster Copperfield -dijo Markhan refiriéndose a sí mismo.
-No está mal situada -contesté-, y las habitaciones son realmente cómodas.
-Espero que los dos traigáis apetito -dijo Steerforth.
-Por mi honor -replicó Markhan- debe de ser la ciudad te que abre de este modo el apetito; se tiene hambre todo el día, aunque se esté comiendo continuamente.
Sintiéndome algo intimidado y demasiado joven para presidir, hice a Steerforth ponerse a la cabecera de la mesa, cuando subieron la comida, y yo me senté frente a él. Todo estaba muy bueno; no economizamos el vino, y Steerforth estuvo tan brillante para hacer que la cosa resultara bien, que nuestras risas no tenían descanso, y fue una verdadera fiesta. Yo, durante la comida, no estuve todo lo agradable que habría deseado; pero mi silla estaba frente a la puerta y me distraía viendo que el joven «hábil» salía de la habitación muy a menudo, y un momento después se proyectaba su sombra en la pared de la antesala con una botella en la boca. También la muchacha me ocasionó alguna inquietud; no tanto porque se descuidara en el fregado de los platos, sino porque los rompía. Se conoce que era muy curiosa, y en lugar de encerrarse (como se le había indicado expresamente) en la despensa, estaba asomándose constantemente a vernos, y creyéndose siempre descubierta, salía corriendo por encima de los platos que iba dejando limpios en el suelo, y aquellas retiradas eran desastrosas.
Esto, sin embargo, eran pequeñeces, que olvidé fácilmente cuando, después de limpiar el mantel, trajeron el postre; en aquel momento de la fiesta nos dimos cuenta de que el joven « hábil» había perdido el use de la palabra. Y dándole en secreto el consejo de que fuera a buscar a mistress Crupp y de que se llevara consigo a la muchacha, me abandoné por completo a la alegría.
Empecé por sentirme extrañamente alegre y de buen humor; toda clase de cosas medio olvidadas me vinieron a la imaginación, y hablé de ellas con una verbosidad desacostumbrada. Reí con toda mi alma de mis propios chistes y de los de los demás; llamé a Steerforth al orden porque no hacía circular el vino, y me comprometí a ir a Oxford; anuncié que pensaba dar una comida exactamente como aquella una vez por semana, y tomé tanto tabaco de la tabaquera de Grainger, que me vi obligado a retirarme a la antesala para estornudar a mi gusto durante diez minutos.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
251
252
253
254
255
256
257
258
259
260
261
262
263
264
265
266
267
268
269
270
271
272
273
274
275
276
277
278
279
280
281
282
283
284
285
286
287
288
289
290
291
292
293
294
295
296
297
298
299
300
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-500
501-550
551-600
601-650
651-653
|