David Copperfield (Charles Dickens) - pág.265
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-¡Oh! Ya lo creo que querrán, en cuanto se lo diga -dijo Steerforth-; pero es mejor que vengas tú a comer con nosotros a cualquier parte.
No quise consentir en ello de ninguna manera, pues se me había metido en la cabeza que debía celebrar la inauguración de mi casa, y me parecía que no podía encontrar mejor oportunidad. Estaba más orgulloso que nunca de mis habitaciones, después de la aprobación de Steerforth, y ardía en deseos de demostrarle todos sus recursos. Por lo tanto, le hice prometerme formalmente, en nombre de sus dos amigos, que vendrían, y fijamos la hora de la comida para las seis.
Cuando se marchó llamé a mistress Crupp y le anuncié mi atrevido proyecto. Mistress Crupp me dijo, en primer lugar, que, naturalmente, no esperaría que ella nos sirviera la mesa, pero que conocía un joven muy hábil, que quizá consintiera en servir por cinco chelines y una pequeña gratificación además. Le respondí que, en efecto, necesitábamos a aquel hombre. Después mistress Crupp añadió que era evidente que ella no podía estar en dos sitios a la vez (lo que me pareció razonable) y que una muchacha, instalada en la despensa con una luz, era indispensable para lavar sin parar los platos. Le pregunté cuál podía ser el coste de los servicios de aquella muchacha. Mistress Crupp suponía que dieciocho peniques no me arruinarían. Yo también lo suponía así, y fue otro punto decidido. Entonces mistress Crupp dijo:
-Bueno; ahora vamos a ocuparnos del menú.
El albañil que había construido la chimenea de la cocina de mistress Crupp había sido muy poco precavido y la había hecho de tal modo que no se podían guisar en ella más que chuletas y patatas.
En cuanto a una cazuela para el pescado, mistress Crupp dijo que no tenía más que ir a mirar su batería de cocina: no podía decirme más; ¡si quería, no tenía más que ir a verla! Como no me habría servido de nada el ir a verla, me negué diciendo:
-Nos podemos pasar sin pescado.
Pero mistress Crupp protestó:
-No diga usted eso; ahora hay ostras, y no hay mas remedio que ponerlas.
-¡Vaya por las ostras!
Mistress Crupp me dijo entonces que su opinión era hacer el menú del modo que sigue: Un par de pollos asados .... que se traerían del mesón. Un plato de carne con legumbres .... del mesón; dos cosas ligeras, como una empanada caliente y una fuente de riñones..., del mesón, y una tarta (si yo quería) y un helado..., del mesón. Esto la dejaría en completa libertad para concentrar su atención en las patatas y para servir a punto, como deseaba, el queso y el apio.
Acepté lo decidido por mistress Crupp, y yo mismo di el encargo en el mesón. Después, bajando por el Strand, observé en el escaparate de una carnicería un bloque de una sustancia dura que parecía mármol, pero que se llamaba « falsa tortuga»; entré y compré un trozo de ella, que después he tenido razones para creer que era suficiente para quince personas.
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