David Copperfield (Charles Dickens) - pág.261
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En el centro de la herradura había un anciano sentado en un estrado que parecía un púlpito. Si hubiera visto a aquel señor en una jaula le habría tornado por un búho; pero supe que era el juez presidente. En el espacio libre del interior de la herradura, a nivel del suelo, se veían muchos personajes del mismo rango que mister Spenlow, vestidos como él, con trajes negros guarnecidos de piel blanca; estaban sentados alrededor de una gran mesa verde. Sus cuellos eran por lo general muy tiesos, y su aspecto también me lo pareció; pero no tardé en darme cuenta de que respecto a eso no les hacía justicia, pues dos o tres de ellos tuvieron que levantarse para responder a las preguntas del dignatario que les presidía, y no recuerdo haber visto nadie más humilde en mi vida. El público estaba representado por un chico con una bufanda y un hombre de raído indumento que mordisqueaba a hurtadillas un mendrugo de pan que sacaba de su bolsillo y se calentaba al lado de la estufa que había en el centro de la sala. La tranquila languidez de aquel lugar no era interrumpida más que por el chisporroteo del fuego y por la voz de uno de los doctores, que vagaba con pasos lentos a través de toda una biblioteca de testimonios, y se detenía de vez en cuando en las pequeñas hosterías de discusiones incidentales que se encontraba al paso. En resumen, nunca me había encontrado en una reunión de familia tan pacífica, tan soñolienta, tan anticuada y tan amodorrante, y sentí que el efecto que debía producir en todos los que tomaban parte en ella debía de ser el de un fuerte narcótico, excepto, quizá, en el demandante.
Satisfecho de la tranquilidad profunda de aquel retiro, declaré a míster Spenlow que ya había visto bastante por aqueIla vez y nos reunimos con mi tía, con la cual pronto dejé las regiones del Tribunal de Doctores. ¡Ah! ¡Qué joven me sentí al salir de allí, cuando vi las señas que se hacían los empleados señalándome unos a otros con sus plumas!
Llegamos a Lincoln´s Inn Fields sin nuevas aventuras, excepto el encuentro con un asno enganchado al carrito de un vendedor, que trajo a la memoria de mi tía dolorosos recuerdos. Una vez seguros en casa tuvimos todavía una larga conversación sobre mis proyectos de porvenir, y como sabía que ella tenía ganas de volver a su casa y que, entre el fuego, los comestibles y los ladrones, no pasaba agradablemente ni media hora en Londres, le pedí que no se preocupara por mí y que me dejara desenvolverme solo.
-No creas que estoy en Londres desde hace ocho días sin haberme ocupado de tu alojamiento; hay un cuarto amueblado para alquilar en Adelphi que creo puede convenirte por completo.
Después de este corto prefacio, sacó del bolsillo un anuncio cuidadosamente recortado de un periódico, en el que decía que se alquilaba en Buckingham Street Adelphi un bonito piso de soltero, amueblado y con vistas al río, muy bien decorado y propio para residencia de un joven.
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