David Copperfield (Charles Dickens) - pág.258
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Mientras sucedía esto nos habíamos detenido en un portal, y el hombre se había detenido también.
-¡No le mires! -dijo mi tía, pues yo volvía la cabeza con indignación-. Búscame un coche, hijo mío, y espérame en el cementerio de Saint Paul.
-¿Esperarla? -repetí.
-Sí -insistió mi tía- Yo ahora tengo que irme; tengo que irme con él.
-¿Con quién, tía? ¿Con ese hombre?
-No estoy loca, y te digo que debo hacerlo. Búscame un coche.
A pesar de lo sorprendido que estaba, me daba cuenta de que no tenía derecho a negarme a lo que tan perentoriamente me ordenaba. Di con precipitación varios pasos y llamé a un coche que pasaba. Apenas había bajado el estribo, cuando mi tía ya estaba dentro y el hombre la siguió. Ella me hizo seña con la mano de que me alejara, con tal seriedad, que, a pesar de mi confusión, me alejé de ellos al momento. Mientras lo hacía la oí decir al cochero: «A cualquier sitio, siga adelante». Un momento después el coche pasaba por mi lado.
Lo que mister Dick me había contado y que yo había supuesto serían fantasías de las suyas me vino a la memoria. No cabía duda; aquél era el hombre de quien me había hablado tan misteriosamente, aunque la naturaleza de sus derechos sobre mi tía no los podia imaginar. Después de esperar media hora en el cementerio, vi llegar el coche. El cochero paró delante de mí. Mi tía estaba sola.
Todavía no se había repuesto lo bastante de su emoción para presentarse donde nos dirigíamos; así es que me hizo subir con ella al coche, ordenando al conductor que diera una vuelta despacio. Únicamente me dijo:
-Hijo mío, no me preguntes nunca nada ni hagas referencia a esto.
Un momento después había recobrado todo su aplomo y me dijo que ya estaba repuesta por completo y podíamos despedir el coche. Al pagar al cochero vi que todas las guineas habían desaparecido y que sólo quedaba la plata.
Se entra en el edificio del Tribunal de Doctores por un arco pequeño y bajo. Apenas habíamos dado algunos pasos por su recinto cuando el ruido de la ciudad se apagaba ya en la lejanía, como por encanto; los patios oscuros y tristes, las galerías estrechas, nos llevaron pronto a las oficinas de Spenlow y Jorkins, que recibían la luz Genital. En el vestíbulo de aquel templo, en el que los peregrinos podían penetrar sin cumplir la ceremonia de llamar a la puerta, había dos o tres escribientes trabajando. Uno de ellos, un hombrecito seco, que estaba sentado solo en un rincón, llevaba peluca y parecía estar hecho de pan moreno, se levantó para recibir a mi tía y nos introdujo en el despacho de mister Spenlow.
-Mister Spenlow está en el Tribunal, señora -dijo el hombrecito-; pero voy a mandar a buscarle al momento.
Nos quedamos solos, y aproveché la oportunidad para mirarlo todo. La habitación estaba amueblada a la antigua, y todo estaba lleno de polvo; el tapete verde de la mesa había perdido el color y estaba arrugado y pálido como un mendigo viejo.
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