David Copperfield (Charles Dickens) - pág.254
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Este Tribunal goza de un antiguo monopolio para las causas relativas a testamentos, a contratos matrimoniales y a las discusiones que surgen en las cuestiones de la Marina.
-Vamos, Steerforth -exclamé-, no querrás hacerme creer que hay la menor relación entre los asuntos de la Iglesia y los de la Marina.
-No tengo esa pretensión, Florecilla; sólo quiero decirte que tanto una cosa como otra se tratan y se juzgan por las mismas personas y en el mismo Tribunal. Vas un día, y les oyes emplear todos los términos de marina del diccionario de Yung a propósito de «La Nancy, que ha echado a pique a la Sarah Jane», o a propósito de « míster Peggotty y los pescadores de Yarmouth, que durante una galerna han lanzado un áncora o un cable al Nelson, de la India, en peligro», y si vuelves algunos días después estarán examinando los testimonios en pro y en contra de un eclesiástico que se ha portado mal, y te darás cuenta de que el juez del proceso marítimo es al mismo tiempo abogado de la causa eclesiástica, y viceversa. Son como los actores, que hoy hacen de jueces y mañana no; pasan de un papel a otro, cambiando sin cesar; pero siempre es un asunto muy lucrativo el de esta comedia de sociedad representada ante un público extraordinariamente elegido.
-Pero los abogados y los procuradores, ¿no son la misma cosa? -pregunté confuso.
-No -replicó Steerforth-, porque los abogados son hombres que han tenido que doctorarse en la Universidad; esa es la causa de que yo esté algo enterado. Los abogados emplean a los procuradores; reciben en común buenos honorarios y se dan allí una vidita muy agradable. En resumen, Davy, te aconsejo que no desprecies el Tribunal de Doctores. Además, te diré, por si puede halagarte, que presumen de ejercer una profesión de lo más distinguida.
Descontando la ligereza con que Steerforth trataba el asunto y reflexionando en la antigua importancia que yo asociaba en mi espíritu con el viejo rinconcito cercano al cementerio de Saint Paul, me sentí bastante dispuesto a aceptar la proposición de mi tía, sobre la que me dejaba en absoluta libertad, diciéndome con toda franqueza que se le había ocurrido yendo a ver últimamente a su procurador al Tribunal para arreglar su testamento a mi favor.
-Eso sí que es digno de alabanza por parte de tu tía -dijo Steerforth cuando le comuniqué aquella circunstancia- y merece alientos. Florecilla, mi opinion es que no desdeñes su idea.
También fue lo que yo decidí. Le dije a Steerforth que mi tía me esperaba en Londres. Había tomado habitaciones para una semana en un hotel muy tranquilo de los alrededores de Lincoln´s Inn Fields, decidiéndose por aquella casa en vista de que tenía una escalera de piedra y una puerta que daba al tejado; pues mi tía estaba convencida de que no había precaución inútil en Londres, donde todas las casas debían incendiarse por la noche.
Terminamos el viaje insistiendo de vez en cuando sobre la cuestión del Tribunal de Doctores y pensando en los tiempos lejanos en los que yo quería ser procurador; perspectiva que Steerforth presentaba bajo una infinidad de aspectos a cual más grotescos, que nos hacían llorar de risa.
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