David Copperfield (Charles Dickens) - pág.253
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-¿Va usted a permanecer mucho tiempo aquí, Littimer? -le dije mientras esperaba a que partiese la diligencia.
-No, señor -repuso-; probablemente no estaré mucho tiempo.
-Por el momento no lo sabe -dijo Steerforth en tono indiferente-; sólo sabe lo que tiene que hacer, y lo hará.
-Estoy seguro -le respondí.
Littimer acercó la mano a su sombrero para darme las gracias por mi buena opinión, y en aquel momento me pareció que yo no tenía más de ocho años. Nos saludó de nuevo deseándonos un buen viaje, y le dejamos allí en medio de la calle, a aquel hombre respetable y tan misterioso como una pirámide de Egipto.
Durante un rato permanecimos sin decir nada, pues Steerforth estaba sumido en un silencio desacostumbrado, y yo me preguntaba cuándo volvería a ver todos aquellos lugares testigos de mi infancia, y qué cambios tendríamos que sufrir en el intervalo ellos y yo. Por fin, Steerforth, recobrando de pronto su alegría y animación -gracias a la facultad que poseía de cambiar de tono a capricho-, me tiró de la manga.
-Y bien, ¿no me cuentas nada, Davy? ¿Qué decía esa carta de que me hablabas en el desayuno?
-¡Oh! -dije sacándola del bolsillo-. Es de mi tía.
-¿Y te dice algo interesante?
-Me recuerda que he emprendido esta excursión con objeto de ver mundo y de reflexionar.
-Y supongo que no habrás dejado de hacerlo.
-Me veo obligado a confesarte que, a decir verdad, no me he acordado mucho; es más, tengo miedo de haberlo olvidado por completo.
-Pues bien; mira a tu alrededor ahora -dijo Steerforth- y repara tu negligencia. Mira hacia la derecha, y verás un país llano y bastante pantanoso; mira hacia la izquierda, y verás otro tanto, y hacia delante, y no hay diferencia, lo mismo que hacia atrás.
Me eché a reír diciéndole que no descubría profesión adecuada para mí en el paisaje, lo que quizá era debido a su monotonía.
-¿Y qué dice tu tía del asunto? -preguntó Steerforth mirando la carta que tenía en la mano, ¿Te sugiere alguna idea?
-Sí -respondí-. Me pregunta si me gustaría ser procurador del Tribunal de Doctores. ¿Qué te parece?
-No sé -dijo Steerforth con tranquilidad, Me parece que igual puedes hacerte procurador que otra cosa cualquiera.
No pude por menos de reírme al oírle poner todas las profesiones al mismo nivel, y le demostré mi sorpresa.
-¿Y qué es un procurador, Steerforth? -añadí.
-Es una especie de curial -replicó Steerforth- que actúa en el anticuado Tribunal de Doctores, en un rincón abandonado cerca del cementerio de Saint Paul, donde vienen a ser lo que los procuradores en los Tribunales de justicia. Es un funcionario cuya existencia, según el curso natural de las cosas, debía haber desaparecido hace más de doscientos años; pero voy a hacértelo comprender mejor explicándote lo que es el Tribunal de Doctores. Es un lugar retirado, donde se aplica lo que se llama la ley eclesiástica y donde se hacen toda clase de trampas con los antiguos monstruos de actas del Parlamento, de los que la mitad del mundo ignora la existencia y el resto supone que están ya en estado fósil desde los tiempos del rey Eduardo.
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