David Copperfield (Charles Dickens) - pág.252
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Poco a poco se fue normalizando y pudimos consolarla hablándole al principio, dándole valor después, para terminar con un poco de broma. Emily empezó por levantar la cabeza y hablar también; después llegó a sonreír, y después a reír y, por fin, a sentirse un poco avergonzada; entonces Peggotty arregló sus bucles revueltos y le enjugó los ojos por temor a que su tío, al verla entrar, preguntase por qué había llorado su niña querida.
Aquella noche la vi hacer lo que no la había visto hacer nunca. La vi besar a su prometido en la mejilla y, después, estrecharse contra aquel tronco robusto, como buscando su más seguro apoyo. Cuando se alejaban, yo los miraba a la claridad de la luna, comparando en mi espíritu esta partida con la de Martha, y vi que Emily le tenía agarrado el brazo con las dos manos y seguía estrechamente unida a él.
CAPÍTULO III
CORROBORO LA OPINIÓN DE MÍSTER DICK
Y ME DECIDO POR UNA PROFESIÓN
A la mañana siguiente, cuando me desperté, pensé mucho en la pequeña Emily y en su emoción de la noche anterior después de la partida de Martha. Me parecía que, al haber sido testigo de aquellas debilidades y ternuras de familia, había entrado en una confidencia sagrada y no tenía derecho a revelarla ni aun a Steerforth. Por ninguna criatura del mundo experimentaba un sentimiento más dulce que el que me inspiraba la preciosa criaturita que había sido la compañera de mis juegos y a quien había amado tan tiernamente entonces, como estaba y estaré convencido hasta mi muerte. Me habría parecido indigno de mí mismo, indigno de la aureola de nuestra pureza infantil, que yo veía siempre alrededor de su cabeza, el repetir a los oídos de Steerforth lo que ella no había podido callar en el momento en que un incidente inesperado la había forzado a abrir su alma delante de mí. Tomé, pues, la decisión de guardar en el fondo del corazón aquel secreto, que daba -según me parecía- una gracia nueva a su imagen.
Durante el desayuno me entregaron una carta de mi tía. Como trataba de una cuestión sobre la que pensaba que los consejos de Steerforth valdrían tanto más que los de cualquiera otro, decidí discutirlo con él durante nuestro viaje, radiante de poder consultarle. Por el momento teníamos bastante con despedirnos de todos nuestros amigos. Barkis no era el que menos sentía nuestra partida, y yo creo que de buena gana habría abierto de nuevo su cofre y sacrificado otra moneda de oro si hubiéramos querido a ese precio permanecer dos días más en Yarmouth. Peggotty y toda su familia estaban desesperados. La casa entera de Omer y Joram salió a decimos adiós, y Steerforth se vio rodeado de tal multitud de pescadores en el momento en que nuestras maletas tomaron el camino de la diligencia, que si hubiéramos poseído el equipaje de un regimiento los mozos voluntarios no habrían faltado para transportarlo. En una palabra, nos fuimos llevándonos el sentimiento y el afecto de todos los conocidos y dejando tras de nosotros no sé cuántas personas afligidas.
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