David Copperfield (Charles Dickens) - pág.251
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No sé lo que le dio. La vi inclinarse hacia ella y ponerle dinero en el delantal. Pronunció algunas palabras en voz baja, preguntándole si sería suficiente. «Más que suficiente», dijo la otra, y cogiéndole la mano se la besó.
Después, envolviéndose en su chal, ocultó el rostro en él y se acercó a la puerta llorando ardientes lágrimas. Se detuvo un momento antes de salir, como si quisiera decir algo; pero no dijo nada, y salió lanzando un gemido sordo y doloroso.
Cuando la puerta se cerró, la pequeña Emily nos miró a todos, después ocultó la cabeza entre las manos y se puso a sollozar.
-Vamos, Emily -dijo Ham dándole con dulzura en el hombro-, vamos; no llores así.
-¡Oh! -exclamó ella con los ojos llenos de lágrimas-; no soy todo lo buena que debía ser, Ham; no soy todo lo agradecida que debía.
-Sí que lo eres -dijo Ham-; estoy seguro.
-No -contestó la pequeña Emily sollozando y sacudiendo la cabeza-; no soy tan buena como debiera, ni mucho menos, ¡ni mucho menos!
Y seguía llorando como si su corazón fuera a romperse.
-Abuso demasiado de tu amor, lo sé; te llevo la contraria; soy desigual contigo. ¡Cuando debía ser tan distinta! ¡No serías tú quien se portara así conmigo! ¿Por qué soy mala entonces, cuando sólo debía pensar en demostrarte mi agradecimiento y en tratar de hacerte dichoso?
-Me haces completamente dichoso -dijo Ham-. ¡Soy tan dichoso cuando te veo, querida mía! Y también soy feliz todo el día pensando en ti.
-¡Ah! ¡Eso no es bastante! -exclamó ella-, pues eso proviene de tu bondad y no de la mía. ¡Oh! Habrías podido ser mucho más feliz, Ham, queriendo a otra muchacha, a una criatura más sensata y más digna de ti, a una mujer que fuera tuya por completo, y no vana y caprichosa como yo.
-¡Pobre corazoncito! -dijo Ham en voz baja-. Martha la ha trastornado por completo.
-Te lo ruego, tía -balbució Emily-; ven aquí para que apoye mi cabeza en tu hombro. Soy muy desgraciada esta noche, tía; me doy cuenta muy bien de que no soy todo lo buena que debiera ser.
Peggotty se había apresurado a sentarse al lado del fuego. Emily, de rodillas a su lado, con los brazos alrededor de su cuello, la miraba suplicante.
-¡Oh, te lo ruego, tía, ayúdame! ¡Ham, amigo mío, trata también de ayudarme tú! ¡Señorito Davy, por el recuerdo del tiempo pasado, ayúdeme también! Quiero ser mejor de lo que soy. Quiero sentirme mil veces más agradecida. Querría recordar a todas horas la felicidad de ser la mujer de un hombre tan bueno y de poder llevar una vida tranquila. ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Ay de mi corazón! ¡Ay de mi corazón!
Ocultó la cabeza en el pecho de mi antigua niñera y, cesando en sus súplicas que, en su angustia, eran a la vez de mujer y de niña, como toda su persona, como el carácter mismo de su belleza, continuó llorando en silencio, mientras Peggotty la tranquilizaba como a un niño que llora.
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