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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.250

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Le estreché la mano calurosamente cuando volvió a meter la bolsita en el bolsillo, pues no sabía cómo expresarle toda mi simpatía, y continuamos paseando de arriba abajo en silencio durante algunos minutos. La puerta se abrió entonces, y Peggotty hizo señas a Ham para que entrara. Yo habría querido quedarme fuera; pero Peggotty volvió a asomarse, rogándome que pasase. También me habría gustado evitar la habitación donde estaban reunidos; pero era aquella cocinita limpia que ya he mencionado, cuya puerta daba directamente a la calle, de modo que me encontré en medio del grupo antes de saber dónde meterme.
La muchacha que había visto en la playa estaba allí, al lado del fuego, sentada en el suelo, con la cabeza y los brazos apoyados en una silla, que Emily acababa de abandonar y sobre la cual había tenido sin duda a la pobre abandonada apoyada sobre sus rodillas. Apenas vi su rostro, pues tenía los cabellos sueltos como si se hubiera despeinado ella misma. Sin embargo, pude ver que era joven y que tenía una voz hermosa. Peggotty había llorado, y la pequeña Emily también. A nuestra llegada no pronunciaron ni una palabra, y el tictac del viejo reloj holandés parecía diez veces más fuerte que de costumbre en aquel profundo silencio.
Emily habló la primera.
-Martha querría ir a Londres, Ham.
-¿,Por qué a Londres? -respondió Ham.
Estaba de pie entre ellas y miraba a la joven postrada en tierra con una mezcla de compasión y de disgusto por verla en compañía de la que amaba tanto. Siempre he recordado aquella mirada.
Hablaban bajo, como si se tratara de una enferma; pero se entendía claramente todo, aunque sus voces eran sólo un murmullo.
-Allí estaré mejor que aquí -dijo en voz alta Martha, que seguía en el suelo-. Nadie me conoce; mientras que aquí todo el mundo sabe quién soy.
-¿Y qué va a hacer allí? -preguntó Ham.
Martha se levantó, le miró un momento de un modo sombrío; después, bajando la cabeza de nuevo, se pasó el brazo derecho alrededor del cuello con una viva expresión de dolor.
-Tratará de portarse bien -dijo la pequeña Emily-. No sabes todo lo que nos ha contado. ¿Verdad tía que no pueden saberlo?
Peggotty sacudió la cabeza con compasión.
-Sí; lo intentaré -dijo Martha- si ustedes me ayudan a marcharme. Peor que aquí no podré ser. Quizá sea mejor. ¡Oh -dijo con un estremecimiento de terror-, arrancadme de estas calles, donde todo el mundo me conoce desde la infancia!
Emily extendió la mano, y vi que Ham ponía en ella una bolsita. Ella la cogió, creyendo que era su bolsa, y dio un paso; después, dándose cuenta de su error, volvió hacia él (que se había retirado hacia mí) enseñándole lo que le acababa de dar.
-Es tuyo, Emily -le dijo-. Yo no tengo nada en el mundo que no sea tuyo, querida mía, y para mí no hay placer más que en ti.
Los ojos de Emily volvieron a llenarse de lágrimas; después se acercó a Martha.


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