David Copperfield (Charles Dickens) - pág.249
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Le pregunté, naturalmente, cómo no había entrado, en lugar de pasearse de arriba abajo por la calle.
-¿Sabe usted, señorito Davy? -dijo titubeando-. Es porque Emily está hablando con una persona.
-Mayor razón para que tú también estuvieras, Ham.
-Sí, señor; en general es verdad -replicó-; pero, ¿sabe usted, señorito Davy? -dijo bajando la voz y en tono grave-. Es una joven, una muchacha que Emily conoció en otro tiempo y a la que ahora no debía tratar.
Sus palabras fueron un rayo de luz que vino a aclarar mis dudas sobre la persona que les seguía algunas horas antes.
-Es una pobre muchacha, señorito Davy, vilipendiada por todo el pueblo. No hay muerto en el cementerio cuyo fantasma fuera capaz de hacer huir a la gente más que ella.
-¿No es la que os seguía esta noche por la playa?
-¿Nos seguía? -dijo Ham-. Es posible, señorito Davy; yo no sabía que estuviera aquí; pero se ha acercado a la ventanita de Emily cuando ha visto luz, y ha dicho en voz baja: «Emily, Emily, por amor de Dios, ten corazón de mujer conmigo. Yo era antes como tú» . Y eran palabras muy solemnes, señorito Davy; ¿cómo negarse a oírlas?
-Tienes razón, Ham; y Emily ¿qué ha hecho?
-Emily le ha dicho: «Martha, ¿eres tú? ¿Es posible, Martha, que seas tú?». Pues habían trabajado juntas durante mucho tiempo en casa de míster Omer.
-¡Ya la recuerdo! -exclamé, pues recordaba a una de las dos muchachas que había visto la primera vez que estuve en casa de míster Omer. La recuerdo perfectamente.
-Martha Endell -dijo Ham-; tiene dos o tres años más que Emily; pero también han estado en la escuela juntas.
-No he sabido nunca su nombre; dispensa que te haya interrumpido.
-La historia no es muy larga, señorito Davy -dijo Ham-. Esta es en pocas palabras: «Emily, Emily, por amor de Dios, ten corazón de mujer conmigo, yo era antes como tú». Quería hablar con Emily. Emily no podía hablar en casa, pues había vuelto su tío y, a pesar de lo bueno y caritativo que es, no querría, no podría, señorito Davy, ver a esas dos muchachas juntas, ni por todos los tesoros ocultos en el mar.
Ya lo sabía yo; no necesitaba que Ham me lo aclarase.
-Por lo tanto, Emily escribió con lápiz en un papelito y se lo dio por la ventana. « Enseña esto -la decía- a mistress Barkis y ella te hará sentar al lado del fuego, por amor mío, hasta que mi tío salga y yo pueda ir a hablarte.» Después me dijo lo que le acabo de contar, pidiéndome que la trajera aquí. ¿Qué podía hacer yo? Emily no debía tratar a una mujer como esa; pero, ¿cómo quiere usted que le niegue algo si me lo pide llorando?
Hundió la mano en el bolsillo de su gruesa chaqueta y sacó con mucho cuidado una linda bolsita.
-Y si fuera capaz de negarle algo cuando llora, señorito Davy -dijo Ham extendiendo cuidadosamente la bolsita en su mano callosa-, ¿cómo habría podido negarme a traerle esto aquí, si sabía lo que quería hacer? ¡Una joyita como esta -dijo Ham mirando la bolsa, pensativo-, y con tan poco dinero! ¡Emily, querida mía!
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