David Copperfield (Charles Dickens) - pág.247
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» , de esta ciudad. ¿Se fija usted? Omer y Joram. La promesa de matrimonio de la cual habla mi amigo está hecha entre ella y su primo; nombre de pila, Ham; apellido, Peggotty; ocupación, constructor de barcos; también de esta ciudad. Vive con un pariente; nombre de pila, no lo sé; apellido, Peggotty; ocupación, marinero; también de esta ciudad. Es el hada más linda y encantadora del mundo; yo la admiro, como mi amigo, extraordinariamente, y si no fuera por no disgustar a Copperfield, diría que al casarse desmerece, que podía aspirar a mucho más; estoy seguro, y lo juro, ha nacido para señora.
Miss Mowcher escuchaba estas palabras, que eran dichas despacio y claramente, con la cabeza de medio lado y el ojo en el aire, como si todavía esperara la contestación. Cuando Steerforth terminó de hablar, volvió a frotarle y a charlar con sorprendente volubilidad.
-¡Oh! ¿Es eso todo? -exclamó cortándole las patillas con unas inquietas tijeritas que hacía revolotear en todas direcciones alrededor de su cabeza-. ¡Muy bien, muy bien! Igual que una novela. Y al final: «vivieron felices», ¿no es así? ¡Ah! ¿Cómo se dice en el juego? « Amo a mi amor con E porque es Encantadora, la odio con E porque ha Empeñado su palabra, la llevo a todo lo Exquisito y pienso proponerle una Evasión: Se llama Emily y vive en el Este: ¡Ja, ja, ja! Míster Copperfield, ¿no le parezco un mamarracho?
Mirándome fijamente con extravagante astucia y sin esperar respuesta, continuó sin tomar aliento:
-¡Ya está! Si existe una mala persona peinada y arreglada a la perfección es usted, Steerforth. Y si hay una mollera que me sepa yo de memoria es la suya, ¿me oye lo que le digo, querido? Le entiendo perfectamente -dijo inclinándose hacia él-. Ahora puede usted marcharse, como decimos en la corte, y si míster Copperfield quiere tomar su lugar...
-¿Qué dices, Florecilla? -preguntó Steerforth riendo y cediéndome la silla-. ¿Quieres probar?
-Gracias, miss Mowcher; esta noche no.
-No diga que no -repuso la mujercita mirándome como experta-; un poquito más de cejas.
-Gracias, en otra ocasión.
-Le hace falta una octava de pulgada más hacia la sien -dijo miss Mowcher-; es cosa de pocos días.
-No, gracias; ahora no.
-¿Y no quiere usted un poco de tupé? -insistió-. ¿No? Déjeme, por lo menos, ahuecarle un poco el pelo, y después pasaremos a las patillas, ¡vamos!
No pude por menos de enrojecer al negarme, pues sentía que acababa de tocar mi punto flaco. Pero miss Mowcher, viendo que no estaba dispuesto a soportar las mejoras que su arte podía causar en mi persona, y que me resistía por el momento a las seducciones del frasquito que tenía en la mano preparado para mí, me dijo que no tardaríamos en volvernos a ver, y me pidió que la ayudara a bajar de las alturas. Gracias a este socorro bajó rápidamente y empezó a doblar su papada por encima de los cordones del sombrero.
-¿Le debo?... -dijo Steerforth.
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