David Copperfield (Charles Dickens) - pág.245
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-Si alguno de ustedes me ha visto los tobillos -dijo una vez arriba- no necesito decir que me ahorcaré.
-Yo no he visto nada -dijo Steerforth.
-Ni yo tampoco -dije.
-Pues bien; entonces -exclamó miss Mowcher- consiento en seguir viviendo. Ahora venga usted a la prisión para ser ejecutado.
Steerforth, cediendo a sus instancias, se sentó de espaldas a la mesa, y volviendo hacia mí su rostro sonriente, sometió su cabeza al examen de la enana, evidentemente sin otro objeto que el de divertirnos. Era un curioso espectáculo ver a miss Mowcher inclinada sobre él y examinando sus hermosos cabellos oscuros, con ayuda de una lupa que acababa de sacar de su bolsillo.
-Vamos, ¡es usted un chico guapo! -dijo miss Mowcher después de un corto examen-; pero si no fuera por mí estaría usted calvo como un monje antes de fin de año. Sólo le pido un minuto más; voy a lavarle los cabellos con un agua que se los conservará diez años.
Al mismo tiempo vertió el contenido del frasquito sobre un trocito de franela; después, empapando en la misma preparación uno de los cepillitos, empezó a frotar la cabeza de Steerforth con una actividad incomparable, y siempre hablando sin parar.
-¿Conoce usted a Carlos Pyegrave, el hijo del duque? -dijo mirando a Steerforth por encima de su cabeza.
-Un poco -dijo Steerforth.
-¡Ese es un hombre! ¡Y esas son patillas! Si tuviera las piernas tan derechas, no tendría igual. ¿Querrá usted creer que ha pretendido prescindir de mí? ¡Un oficial de la guardia!
-¡Loco! -dijo Steerforth.
-Lo parece; pero loco o no, lo ha intentado -replicó miss Mowcher-. ¿Y qué creerá usted que ha hecho? Pues entra en una peluquería y pide una botella de agua de Madagascar.
-¿Carlos?
-Carlos en persona; pero no tenían agua de Madagascar.
-¿Y qué es eso? ¿Algo de beber? -preguntó Steerforth.
-¿De beber? -replicó miss Mowcher, deteniéndose para darle una palmadita en la cara-. Para arreglarse él solo los bigotes, ¿sabe? Había en la tienda una mujer de cierta edad, un verdadero grifo que nunca había oído aquel nombre. «Perdone, caballero -dijo el grifo a Carlos- ¿no será... no será colorete por casualidad?...» «¿Colorete? -dice Carlos al grifo-. Y ¿qué quiere usted que haga yo con el colorete?...» «Perdón, caballero -dijo la mujer-; nos piden ese artículo bajo nombres tan diferentes, que pensaba que quizá era uno más.» He ahí, querido mío -continuó miss Mowcher frotando con todas sus fuerzas-; he ahí otra prueba de todos esos farsantes de que hablaba hace un momento. Y no digo que no esté yo mezclada en ello como cualquiera, quizá más, quizá menos; pero, hijo mío, ¿eso qué tiene que ver?
-¿En qué dice usted que está mezclada, en el colorete? -dijo Steerforth.
-No tiene usted más que relacionar una cosa con otra, mi querido discípulo -dijo la astuta miss Mowcher tocándose la punta de la nariz-; tuve acceso al secreto profesional de todos los comercios y el producto le dará el resultado deseado.
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